Presentación de Antología de un comienzo

(Texto escrito para la presentación, el jueves 9 de marzo, de Antología de un comienzo, de Cristo Saavedra)


Gracias por escribir, Cristo. Por contar historias. Por comenzar. Yo creo que lo mejor de la vida está en los comienzos. Piénsalo: solo puedes escribir tu primer libro una vez. Cesare Pavese, en El oficio de vivir aseguró que  la única alegría del mundo es comenzar.  Y este libro es tu comienzo. Enhorabuena. Y en hora buena porque nunca es tarde para empezar escribir, aunque ahora que eres escritor sabrás que vas a tener que demostrártelo todos los días.

Recuerdo perfectamente cuando te leí por primera vez. Ocurrió no hace mucho. Y fue en esa realidad paralela que llamamos, yo creo que eufemísticamente, redes sociales. Y digo lo de eufemísticamente porque es cierto que nos conecta los unos a los otro como nada antes nos había conectado pero que sin embargo nos aísla del resto como nada antes lo había hecho. Estamos más solos que nunca, Cristo. Este es el paisaje en el que naces como escritor: una soledad inédita pero magníficamente conectada.

Recuerdo cuando te leí por vez primera, decía. Me bastó leer una frase tuya para saber que en ti residía algo especial. Y no es de perogrullo decir lo que acabo de decir.  Los que tenemos el hábito y el placer de leer nos reconocemos rápidamente los unos a los otros.  Nos es suficiente leer una frase simple para saber que esa persona que acaba de escribir algo tan básico como un sujeto y un predicado, aquilata horas y horas de lecturas. Y a mí me pasó contigo. Y contigo se confirma una vez más que la puerta de entrada a la escritura es la lectura.

Todos somos escritores en potencia. Pero pocos se atreven a escribir. Reconozcámoslo: hay que ser valiente para hacerlo. Y más en este país en el que muchos son capaces de ponerse desafiantes delante de un toro pero que desde que ven un libro salen corriendo despavoridos.

El otro día leí una entrevista que le realizaron al escritor italiano Erri de Luca. En ella el poeta afirmaba que la palabra revolución ha caducado, ya es pasado. Y no estoy de acuerdo. Y no lo estoy porque el primer paso de cualquier revolución, de la lucha por la construcción de un mundo alternativo y mejor, es el rechazo de la realidad que vive en nuestra mente. Por eso creo firmemente que mientras haya escritores, habrá revoluciones.

Escribir es un acto revolucionario porque niega lo existente, no asume la realidad de forma pasiva y resignada sino que sueña y lucha por transformarla a través de la reflexión, de la ficción, de la creación. De la palabra, en suma.

Es cierto. Un libro no cambia la realidad; pero sí nuestra percepción de la misma. Por eso Gabriel Celaya nos advertía que la poesía es un arma cargada de futuro. Un escritor es alguien en permanente combate contra la banalidad de la existencia.

Pero escribir no es solo combatir. La escritura es también un refugio en el que una vez instalado, por paradójico que parezca, te evades. Te vas. Y te vas lejos. Lejos de certezas arraigadas. Lejos de creencias, de estereotipos y de prejuicios. Lejos de la tribu. Lejos de la realidad. Lejos de tu peor enemigo. Lejos, en suma, de ti. Y no es fácil este viaje. O no debe serlo, porque es un viaje solitario a la búsqueda de lenguajes propios, de rompimiento, de originalidad. Escribir según tu propia voz. Crear tu propio camino. Todo un reto que has logrado, Cristo. Y de forma sobresaliente.

Antología de un comienzo es más que una colección de relatos cortos, reflexiones hipoglucémicas y poemas desordenados. Es un blíster, un envase con pequeñas píldoras para leer rápido pero pensar despacio.

Aquí hay literatura de verdad y no imitación de segunda mano. Aquí hay personajes e historias, por desvaídos que puedan parecer los personajes y por tenues que nos puedan parecer las historias.

Una primera lectura superficial nos muestra a un escritor que juega irreverentemente con el lenguaje y que se complace en romper las barreras entre cuento, ensayo y poema en prosa. Cristo juega con la literatura, con la realidad. Incluso con la paradoja. El lector se sorprende ante un fecundo despliegue de ideas, de palabras y hasta de puntos de vistas insospechados. Eres como la “hache”, por ejemplo, un bellísimo juego fónico, de sonidos, a través de la única consonante del abecedario que no suena, porque es muda. Cristo cuando escribe, juega. Lo hace con la semántica, con las sintaxis, con la gramática. Cristo, cuando escribe, lo pasa bien, se divierte.

Una vez le oí decir a otro gran escritor guiense, Santiago Gil, que en los relatos cortos, uno tiende a ser más sincero, más preciso y más franco con lo que piensas o recreas. Escribir relatos en este formato te obliga a la ligereza y la eficiencia. A eliminar grasa, a quitar todo lo superfluo. Ahí reside la dificultad: en ser exquisitamente exacto. Yo creo que en Antología de un comienzo están contenidas las piedras angulares del pequeño relato: lenguaje sencillo, sintético, preciso y una extrema observación de la realidad.

Esta opera prima de Cristo arroja un importante saldo de realismo irónico, mordaz, crítico, donde concurre la denuncia a la mediocre banalidad, los excesos contra la naturaleza, el drama de la inmigración, la injusticia de la muerte, el triste espectáculo que a diario nos ofrece la política o el irónico sonrojo que provocan al autor las  faltas de ortografía.

Pero sobre esta voz cargada de observación hay una mirada profundamente anegada de humanismo y de ternura. Hay un hombre que echa de menos a su padre, que indaga en el alma humana, en la soledad, en el amor y en el desamor. Hay un escritor maduro que homenajea a lo verdaderamente importante en la vida (la cerveza y el bocadillo de tortilla, por ejemplo), que rinde culto a la gran literatura y que se muestra continuamente agradecido con quienes han hecho de él lo que hoy es.

Estos relatos cortos, estas reflexiones sin azúcar y poemas desordenados se nos quedan flotando en la memoria (y en el corazón, me atrevería a añadir). A primera vista, estas letras aquí encerradas sólo tratan de unas vidas, pensamientos y emociones que parecen poco importantes y que dejan tras de sí un rastro tan leve como el rastro que dejan tras de sí los caracoles. Pero poco a poco, a medida que leemos, vamos descubriendo que ese rastro casi imperceptible es el rastro que también va dejando nuestra propia existencia. Este libro habla de ti. Y de mi. De nosotros. ¿No es maravilloso?

No quiero extenderme mucho. En Anatomía de un comienzo hay anarquía intelectual y espiritual. Absoluta libertad. Y relatos y poemas muy buenos. Excelentes. Confieso que Un mandado me parece un texto superlativo, un relato escrito con aguda inteligencia. El protagonista cruza el tiempo de Aristóteles, de San Agustín, coquetea con el tiempo de Newton y da un rodeo por esta ciudad a través  de ese tiempo circular que dibujó Borges. Realmente prodigioso.

También suena insistentemente en mi memoria y reclama una mención especial Sexo entre sinónimos en el que no hay ninguna frase más larga que una respiración.

Yo creo, y esto me gustaría que el autor me lo confesara ahora que nadie nos oye, que los relatos, e incluso los poemas, no vienen de su interior, sino que proceden del exterior. Sospecho que Cristo, como buen escritor que ya es, es solo un canal, un medio de comunicación. Un chófer eficiente que recoge estímulos de lo cotidiano y los conduce al papel en formas de versos, de reflexiones, de ficción. A veces me pregunto si esto es lo que significa ser escritor. Si somos realmente autores de nuestras historias, o no somos más que meros redactores de variantes.

Veo el teatro lleno de amigos de Cristo. No todos pueden presumir de tener un amigo escritor. Ni un hermano escritor. Ni un hijo escritor. Háganse un favor: lean Antología de un comienzo. Detenidamente. Porque es una manera distinta de conversar con el autor. Y porque leer es un acto de rebeldía. Leemos para aprender, para ser más libres y tolerantes, para entender mejor el mundo en el que vivimos y tener opinión sobre las cosas. Para ser cada día mejores. Rafael Bárez, condenado durante la dictadura a años de prisión por no renunciar a sus ideales políticos, escribió estos versos hermosísimos y liberadores:

Me desnudo de cárcel cuando leo.

Ellos cierran mi celda: yo abro un libro.

Me humillan en la hilera.

Yo me formo, charlo, discuto, estudio…

Con cada convicción subvierto el muro

y hago un cuartel general para el mañana.

Deberíamos leer más. Yo creo que no nos gusta leer porque no soportamos estar solos. La gente tiene miedo de pasar tiempo a solas. Trabajos realizados con estudiantes universitarios revelaron que éstos prefieren administrarse descargas eléctricas a sí mismos antes que estar a solas con sus pensamientos.

Los móviles que siempre llevamos encima nos han dado la falsa impresión de que no hay nada que temer, de que nunca más nos sentiremos solos. Hemos caído en la trampa. Creo que si vivimos solo de los mensajes cortos, se nos acaba el pensamiento.Y somos lo que pensamos.  El otro día volvía a casa en la guagua y la gente iba mirando el móvil, recibiendo fogonazos. Respeto ese mundo electrónico que me parece muy útil y en el que todo es rápido e instantáneo, pero adoro la lectura y el pensamiento porque son lentitud. Leer unas líneas y levantar los ojos con la esperanza de que lo que sigue no es otro fogonazo sino continuidad, un fluir. Leer unas líneas con la sensación de que en lo que estás es distinto de en lo que estabas y de lo que va a venir. Eso es la maravilla de leer.

Hace unos días presencié aquí al lado, en la parada de guaguas que está junto al puente del barranco una escena bellísima: un niño estaba sentado en el banco de la marquesina, vestido con su equipaje de fútbol. Era tan pequeño que sus pies aún no le llegaban al suelo. Los tacos parecían flotar en el aire. Este niño leía y su cara tenía una maravillosa y enigmática expresión de felicidad. Sonreía apaciblemente mientras leía y hojeaba el libro que tenía entre sus manos. Ese niño estaba disfrutando de ese universo especial, íntimo, placentero que sólo proporciona la lectura. Y nos regalaba un paisaje cargado de esperanza.

Por eso les sugiero que lean Antología de un comienzo. Háganlo sin prisas. Lentamente. Dénse descargas de placer. No renuncien a la felicidad.

Gracias por escribir, Cristo. De corazón.

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¿Qué cambia cuando cambiamos la forma de percibir, recorrer y pensar nuestros paisajes?

Jornada / Reflexión ” Conciencia ecológica, un asunto de cuidado y cercanía”. Centro Atlántico de Arte Moderno, Las Palmas de Gran Canaria, 13 de abril de 2016

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Soy geógrafo y vivo consumiendo paisajes. Es decir, considero al paisaje como un alimento que satisface mis necesidades y mis deseos.

Ahora miro hacia atrás en el tiempo y me veo con apenas diez años sentado en una banqueta en mi casa completamente abducido por las maravillosas fotografías que ilustraba un viejo atlas del mundo. Sinceramente, no sé qué fue de ese Atlas pero en mi recuerdo aún perduran aquellos soberbios paisajes que mostraban sus páginas: la Tierra vista desde el espacio, las huellas del primer astronauta en la superficie de la Luna tras caminar por el Mar de la Tranquilidad, los lagos y los bosques de coníferas de Canadá, el sinuoso tránsito del Amazonas, el Sáhara, el Ártico, la sabana, los arrozales del sudeste asiático, el Fujijama. Allí estaban reunidos los grandes paisajes del planeta, paisajes que me resultaban fascinantes pero más útiles para mis ensoñaciones que para la realidad. Eran los paisajes del mito, el lugar sublime y recóndito en el que vivían mis héroes infantiles.

Durante la adolescencia los paisajes me resultaron algo naif, algo absolutamente ajeno a mí. Como cualquier adolescente, yo caminaba por la vida como esas figuras que parecen marchar por el aire en las pinturas chinas porque les falta el suelo. Era rebelde, temerario e insensible. ¿Qué pinta el paisaje en la vida de un adolescente? Nada. Absolutamente nada. Sin embargo,  durante esa etapa ocurrió algo trascendental en mi vida: perdí mi brújula, mi referencia vital. Mi madre murió cuando apenas tenía dieciséis años. Tardé poco en aprender lo que nos advertía Gil de Biedma en uno de sus poemas: que la vida iba en serio. De manera inesperada se abrió ante mí un paisaje lleno de preguntas sin respuestas. Recuerdo que una tarde estaba estudiando en casa y me surgió una duda. Inconscientemente, salí de mi habitación decidido a consultar a mi madre. En el lugar en el que tenía que estar ella, donde yo esperaba encontrarla, no había nadie. Lo que sentí entonces fue el peso insoportable que tiene la palabra ausencia.

Con diecisiete años, mi mejor amigo y yo decidimos cruzar la isla caminando. Nos trazamos el objetivo de salir de Guía, subir a la cumbre, bañarnos en Mogán y regresar a casa también caminando. Estuvimos siete días en las montañas. Entonces ocurrió una experiencia que cambió para siempre mi forma de mirar el mundo. Una tarde, cerca de Artenara, nos acercamos hasta unos peñascos a esperar la llegada de la noche.  Sentados en la roca, sin buscarlo, sin esperarlo, asistimos a un atardecer que no olvidaré en mi vida.

El paisaje, en primera instancia nos obsequió con la lontananza como primer regalo. Luego, cuando tuve la posibilidad de contemplar los oleajes de la luz sobre la piel de la isla entendí por primera vez la verdadera dimensión que tiene la inmensidad. Contengo inmensidades que cantaba Whitman. Estos ojos, estas dos gotas de agua cada vez más turbia, me permitieron contemplar lo que era decididamente inabarcable. Pero lo que más me marcó de ese espectáculo visual que sucedía ante mí fue que sentí por primera vez en mi vida que estaba ante la belleza absoluta. Schiller dijo que la belleza es la inclusión absoluta de todas las cosas. Yo supe que estaba ante la belleza porque simplemente contemplaba, conectaba y disfrutaba de su mera existencia. Sentí que era parte de ella, que aquella imagen movía mi ánimo infundiendo en mi interior, primero asombro y después deleite y hasta cierto regocijo. Fui feliz como hacía mucho tiempo que no lo era y supe que aquella sensación era felicidad porque había desaparecido en mí toda pretensión de juzgar, de desear, de poseer y matizar.

Esa experiencia me permitió no solo descubrir qué era la belleza. Descubrí también que la naturaleza se expresa a través del paisaje y que sus expresiones se transforman en nuestro interior en impresiones. Yo quise entonces lanzar esas impresiones vividas a la comprensión de los demás. Podía haberlo hecho mediante la fotografía, la pintura, o la música. Escogí la palabra escrita.

Entonces tuve claro que quería encaminar mis inquietudes profesionales y mi realización personal hacia el paisaje. Yo quería aprender a leer el paisaje, porque presentía que en ese libro inmenso  encontraría  todos los acontecimientos de la naturaleza. Quería, además, narrar esa agradable emoción que nos transita a los enamorados de la belleza que vive en libertad. La geografía, como ciencia del paisaje, me ofrecía esa posibilidad. Hoy puedo decir que soy geógrafo no por vocación sino por apasionada elección.

El estudio y la contemplación de los primeros paisajes me permitió entender la trascendencia de la luz. Todo, absolutamente todo en este mundo es demasiada penumbra si no arde por los dos extremos al mismo tiempo: cultura y naturaleza, arte y vida, y especialmente el espectador y el paisaje observado. La luz es la génesis. El principio. Probablemente así lo entendieron las antiguas culturas. En chino, por ejemplo, ojo, luz y sol son palabras prácticamente idénticas. El poeta inglés John Keats escribió que él tuvo a la luz como único libro. La luz es poesía y sin poesía, la realidad se desprecia.

El paisaje también se observa con los pies. Al adentrarme, al decidir recorrerlos, propicié sin quererlo mi encuentro con los árboles, una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Quien me conoce sabe que para mí, el árbol, es otro ser humano que siempre me espera con los brazos abiertos.

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Recuerdo leer hace años un artículo en la prensa en el que se afirmaba que esta isla fue un gran bosque que se extendía prácticamente de costa a cumbre y del que hoy en día apenas quedan pequeños y aislados fragmentos. Aquella revelación me impactó. Consiguió que mirara a los árboles y arboledas de esta isla con una condescendencia, con un respeto insólito en mi vida. Aquellos seres, aquellos gigantes, eran genuinos supervivientes de una guerra irracional y secular que le habían declarado los hombres.   Hoy en día, si un geniecillo salido de una lámpara mágica me diese la oportunidad de viajar en el tiempo, de visitar una época, un lugar, no lo dudaría. Le pediría que me llevara hasta la selva de Doramas, ese mítico bosque que cubría todo el norte de Gran Canaria y que para nuestra desgracia desapareció prácticamente en su totalidad.

Del estudio de los bosques aprendí dos conceptos que enriquecieron mi percepción de los paisajes: reforestación y regeneración. Casi la práctica totalidad de los bosques actuales de esta isla fueron plantados hace décadas por el ser humano. Esas masas de pinos eran el resultado del esfuerzo diario de unos peones y el empeño de unos ingenieros que en su privilegiado delirio soñaron un día con recuperar los bosques de la isla, con devolverle el verdor que le pertenecía por naturaleza. Ese paisaje que yo creía natural era creación e inspiración humana. Esta idea me reconcilió con mi especie. Por otro lado, el concepto de regeneración natural  me enseñó que el paisaje, lejos de ser una foto fija es un proceso que está vivo, que está continuamente en movimiento, las veinticuatro horas del día, siete días a la semana y trescientos sesenta y cinco días al año. Hay un paisaje oculto que hace posible el paisaje visible. Un motor invisible que tiene sus piezas, su engranaje, su interrelación y su combustible. Este descubrimiento del paisaje no visible, de la interrelación tan íntima y perfecta que hay entre sus elementos, de sus ritmos, su tempo,  nos permite maravillarnos aún más en la contemplación del paisaje visible.  Gracias a mis pies y a mis ojos comprendí que los paisajes son escenarios dinámicos por los que palpita la vida.

Mi pasión por los árboles me llevó a recorrer todo el archipiélago. Así  pude acercarme a los ejemplares más singulares y monumentales de las islas y retratarlos y narrarlos. Pero también me permitió acercarme a otros paisajes de las islas, y descubrir en ellos una escuela muy peculiar en la que la austeridad y la necesidad son unas magníficas pedagogas.

El mundo de la naturaleza ofrece la posibilidad de alianzas, de fertilidades cruzadas y mutuas. Las islas son un magnífico ejemplo donde con muy poco la naturaleza y la cultura han creado un universo inédito de posibilidades.  Hay que ser capaces de entender que hay paisajes con firma. Paisajes que testimonian el esfuerzo de una cultura sensata que se desmorona en casi todos los rincones del planeta y que tiene un apellido claro y contundente: el mundo rural. Es nuestro paisaje antecesor, una cultura de una extraordinaria fuerza creativa capaz de inventar escenarios hermosísimos y que ha ensayado modelos de supervivencia que son perfectamente aplicables en el presente y en el futuro. Yo estoy por afirmar que la única diferencia entre cultura y natura es que la segunda es un poco más antigua. No hay más diferencia.

Quien no entiende que es hijo de las culturas precedentes. Quien no entiende que es heredero del esfuerzo de otros que vivieron antes que nosotros. Quien no entiende que hay una relación directa, de cordón umbilical, entre lo que nos sostiene y protege y entre lo que somos, no sabe lo que es la vida.

Por eso, cuando es destruida la referencia, el paisaje significativo, la historia concreta e irrepetible de un lugar, se pierde algo más que una realidad física. Por eso,  cuando al hombre del campo se le arrebata su paisaje, se le quita el sentido de su vida. Cuando desaparece el paisaje en el que creció nuestra infancia, en el que sucedieron los episodios más trascendentales de nuestra existencia, se le quita sentido a la vida. No es de perogrullo afirmar que la defensa del paisaje es la defensa de la vida.

Debemos tener amplitud de miras. Un paisaje no tiene porqué ser esa imagen bucólica de la naturaleza. También existen otros  paisajes a los que hay que asomarse con nuevos ojos para encontrar su belleza y su estética amable. Paisaje es un nombre que combina perfectamente con muchos apellidos: paisaje urbano, paisaje rural, paisaje natural, paisaje cotidiano, paisaje histórico, paisaje sonoro e incluso paisaje interior. Todo es paisaje. Todo es observable, sí, pero nosotros también somos observados por el paisaje. El paisaje se lee en voz activa y en voz pasiva. Es uno de los aprendizajes más sorprendentes que te ofrece la contemplación consciente. El mundo que te rodea siente tanta curiosidad por ti como tú por él.

Cielo-estrellado

Lo que definitivamente explica que un paisaje sea bonito o despierte más interés que otros es la subjetividad con que el observador se acerca a contemplarlo, y en este sentido, la valoración de un paisaje es una de esas pocas cosas que dependen de uno mismo, convirtiéndose en algo personal y propio.

Si cada uno de nosotros somos sagrados porque cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles, los paisajes, por extensión, son igual de sagrados que los seres humanos que los contemplan.

La lectura consciente del paisaje nos da claves, nos proporciona respuestas a la pregunta de quiénes somos como individuos y como comunidad. El paisaje es construcción y destrucción, sí, y en el proceso constructivo y destructivo hay mucho de emociones. Negativas y positivas. Ya sabemos que el paisaje es un universo de sugerencias. Sin embargo, hay que aceptar ciertas reglas del juego: detrás de esas sugerencias hay también chispazos  que te permiten comprender ciertas tendencias no deseadas, actitudes colectivas, conscientes e inconscientes, que modifican para siempre tu perspectiva del entorno y del momento en el que vives.

Antonio Gamoneda dijo que estamos descubriendo que hay úlceras en la pureza. El paisaje nos revela también lo peor de nosotros. Y pone sobre el tapete el gran problema que vive esta sociedad. A mí, esta sociedad actual en ocasiones me recuerda en cierto modo a mi adolescencia, aquel tiempo de temeraria impersonalidad e insensibilidad.

El principal reto que nos ofrece el paisaje es el viaje extraordinariamente coherente, propositivo, estimulante, de la estética a la ética. Convertir la toma de conciencia en una proposición fundamentalmente ética. ¿Cómo no emplearse activamente en la defensa de ese entorno, del paisaje que ha hecho posible mis emociones y mi proyección frente al mundo, que ha hecho posible mi cultura? Es mi identidad, y qué es la identidad sino memoria. ¡Son mis raíces!

Albert Camus afirmó que la experiencia más maravillosa e inocente que puede experimentar el ser humano en soledad es  la contemplación consciente. Es lo más inocente porque cuando contemplas un paisaje no cometes ningún acto injusto contra nadie  y tu corazón se siente libre. Y esa libertad, esa imposibilidad de ser violento con nada y con nadie, te permite sobrevolar las inconsistencias de este mundo y tomar conciencia del prodigio que es existir y que tantas veces nos suele pasar desapercibido.

El paisaje me ha enseñado a convivir con la vida, no a someterla, me ha invitado a ser notario de esta convivencia y no para de recordarme que lo que he contado, lo que he tratado de transmitir no debe de desvanecerse. Lo aprendido y transmitido debe conservar el profundo sentido de la existencia.

Lejos de academicismos, para mí, la mejor definición posible de paisaje es vivirlo. Y mejor aún: vivirlo y sentirlo. Porque si no vives ni sientes un paisaje, ese paisaje está muerto. No existe. Y probablemente algo tuyo haya muerto con él.

Guía de Gran Canaria, 10-12 de abril de 2016

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Extimidad

Descubro hoy en un artículo excelente una palabra que no había leído ni oído jamás: extimidad, que viene a ser algo así como la intimidad exterior.
Parece ser que el auge de las redes sociales no sólo modifica conductas sino que también crea nuevas palabras.
Me pregunto, a raíz de la lectura del artículo si lo que realmente mueve el mundo es la búsqueda de la felicidad o saciar ese hambre voraz que siempre tiene la vanidad.

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Primeros días de septiembre

Siempre será mi mes preferido. Por su luz, por la costumbre atávica de las mareas de rebelarse y calmarse, como si de una diástole y sístole se tratara.  Son los mejores días del año para acercarse y disfrutar del mar. El anticiclón está más lejos que nunca. No nos llegan sus vientos húmedos y eso se traduce en días azules y luminosos.

Y creo que uno de los mejores sitios donde disfrutar de la entrada del mes es el pequeño pueblo de Las Playitas. Fuerteventura aún ofrece playas de arena y pueblos de pescadores sin el agobio del turismo de masas. Se me recuerda mucho al Cabo de Gata. La playa de los Muertos. Barrancos, ramblas y en las desembocaduras playas desiertas sin apenas construcciones. El litoral según fue.  Nuestras primeras vacaciones con Bruno.

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Uno de los mejores trayectos para disfrutar de una visión amplia del mar y del litoral (en este caso, uno de los más contundentes ejemplos de degradación ambiental) es la carretera del norte de Gran Canaria, la GC-2. Al margen de las viviendas que crecen en plena playa, al discurrir bastante recorrido cerca del mar pero a varias decenas de metros sobre él, convierte esta ruta en un mirador dinámico y bastante interesante. Hoy, el mar adentro parecía una meseta, por su extrema planicie. La costa, en cambio sufría los embates de un oleaje inusual, tanto por la altura de las olas como por la frecuencia de las mismas. El resultado visual era la elevación sobre el litoral de un spray marino que visto desde lejos, simulaba ser una especie de neblina que envolvía los acantilados y poblados costeros.

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La mirada (remastered)

Nadie supo jamás de su existencia, aunque lo cierto es que llegó exhausto a aquella región cubierta de bosques y arroyos de geometría inimaginable. Todo sucedió justo después de la Primera Guerra en el Cielo. Ciertamente era un tipo extraño, pero no por sus alas, sino por su espíritu contemplativo y sus débiles ademanes de príncipe perezoso.

Durante muchos milenios mantuvo el hábito callado de subirse a la cima de las montañas simplemente por disfrutar de la alta soledad que allí anidaba. Su tiempo era enorme, casi inconmensurable, y se medía no por meses o años sino por los sucesos que alteraban gravemente el orden regular de las cosas.

Una mañana, mientras desparasitaba sus alas posado en la rama suprema del Árbol Grueso – necesitaba varias horas de vuelo para rodearlo-, llegaron los hombres, talaron los bosques, dibujaron solares y trazaron calles previsibles y de adoquinadas. Pronto, donde antes se extendían solo los bosques sombríos, se alzaron casas de teja, iglesias y casinos, ciertas escuelas y urgentes panaderías. Y junto a las garzas, huyó.

Pero el cansancio, herencia de aquella guerra considerable, pudo más que su desesperación y su huida finalizó en los muladares, al otro lado de los arroyos, donde los hombres amontonaban sus excrementos y escombros. Hundido en la porquería, con el corazón latiendo agitadamente en medio de aquella inmundicia que lo envolvía, vio cómo las garzas se alejaban definitivamente de la ciudad repentina. Y así, durante siglos, se vio abocado a descansar sobre montones de mierda y de heces, sobre fardos de bazofia y excrementos. Vaya mundo inmundo, pensó. Hasta que sus ojos, antes que sus alas, descubrieron en una ventana, el reflejo de aquella torre que, por su aspecto abandonado y solitario, tenía algo de trágico y de sagrado que sorprendentemente le gustó.

Luchando contra el agotamiento y sacudiéndose con esfuerzo la suciedad que durante siglos se había encostrado en sus alas, emergió de la podredumbre y dirigió su vuelo hacia la torre. Sentado en el pretil ancho de una azotea cercana, observó con detenimiento los ornamentos policromados de la torre. Así transcurrieron ciento catorce días consecutivos y cuatro borrascas con sus lluvias y melancolías.

Tenía la torre dos volúmenes bien diferenciados que en conjunto le otorgaban una singularidad reconocida. Erigida sobre cuatro pilares inimaginables, la torre se distinguía de los tejados vecinos por la elevación de un prisma rectangular, más alto que ancho, sobre el que descansaba un mirador octogonal más visible desde las afueras de la ciudad que desde los callejones cercanos.

Captura de pantalla 2013-10-05 a la(s) 22.04.35Encaramado a la torre reverdeció el placer por la soledad y la contemplación, y gustaba de asomarse al balcón suspendido del mirador para asistir, con el pecho henchido de serenidad, al desfile diario de amaneceres y ocasos. A veces, tras los temporales, solía escalar hasta la veleta culminante para arrancar de la flecha las viejas palabras que traían los vientos lejanos.

A pesar de convivir con los humanos durante los últimos siglos, nunca tuvo relación con ellos. Ni interés. Le parecían seres pavorosos, imprevisibles, perversos, inclinados por naturaleza a hacer el mal, pero sobre todo sucios e incomprensiblemente insatisfechos. Además, ya en los muladares pudo comprobar que ni le veían, ni le oían, ni le sentían en forma alguna, al igual que sucedía en el mirador, cuando sentado a horcajadas en la baranda constataba que los hombres y mujeres que durante los últimos siglos se acercaban para descubrir el paisaje que desde allí se veía, jamás repararon en su existencia.

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Llovía. Algo habitual durante aquel invierno extraño que venía a confirmar la rebelión de las estaciones con sus fríos asesinos y sus lluvias recurrentes. Y como era usual en la ciudad desde su fundación, sus calles hubiesen permanecido desiertas si no es por la presencia de un viento desolado que en ráfagas furiosas arrastraba indistintamente papeles y hojas secas. Sentado en la cornisa del torreón, permanecía embelesado observando el vuelo desordenado de una hoja que el invierno incipiente había arranado de algún álamo atribulado. Sonreía tímidamente mientras seguía la trayectoria descendente de la hoja, que al cesar la ráfaga, caía en el vacío de forma lenta y pendular. Fue entonces cuando se encontró con sus ojos.

Captura de pantalla 2013-10-05 a la(s) 17.46.05Ella se había guarecido bajo aquel balcón de madera que colgado de la fachada a pocos metros del suelo le ofrecía un cobijo oportuno. Como parecía que no iba a escampar pronto, aceptó el estrecho alféizar que una ventana baja le ofrecía como asiento. Se sentó, colocó el cartapacio sobre sus muslos y sus manos sobre él. Observó sus dedos finos, blancos, tristes, agarrados al borde de la carpeta y suspiró. Vestía completamente de negro, zapatos planos, pantalón de pana y abrigo de algodón de cuello alto. Mientras llovía, decidió recogerse el pelo, de color castaño oscuro, con unas orquillas plateadas que tenía guardadas en los bolsillos. Le gustaba ver llover, le tranquilizaba. Alzó su rostro y descubrió el torreón a contraluz pero prefirió seguir con nitidez la trayectoria diagonal de aquella lluvia exageradamente invernal. Hasta que cruzó la hoja por su mirada.

Por vez primera, él sintió que un humano había reparado en su existencia. Pero aquellos ojos verdes y luminosos, no miraban, atravesaban. Esa mirada inédita despertó en él unas ganas inmensas de llorar, de gritar. Sintió en su interior un vacío profundo, abisal. De repente, una avalancha de sonidos se amontonaron en sus oídos: el golpeteo intermitente de la lluvia, el trepidar de un tenedor mientras batía una clara de huevo, el zumbido de una avispa, el mar golpeando los acantilados, los jadeos de los amantes.

Se sentía torpe y estúpido mientras observaba aquellos ojos, que habían dejado de escudriñar el mundo exterior para mirar un universo interior desconocido por él pero que presumía lleno de nostalgias feroces y terribles melancolías. Su mirada entonces se oscureció, se volvió opaca y distante, perdida y difusa. Ella tuvo ganas de llorar, y de gritar, pero sólo consiguió levantarse y caminar calle abajo a pesar de la lluvia persistente. Afligido, siguió sus pasos acelerados desde la cornisa y la vio desaparecer por una bocacalle estrecha y umbría mientras una gruesa gota de sudor se deslizaba lentamente desde su frente hacia su mejilla.

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Ella me necesita, dedujo tras una súbita y aguda revelación. Estremecido por la angustia, se dejó guiar a través de la ciudad y sus calles desiertas por una extraña convicción que lo llevó directamente hasta donde ella se encontraba. La descubrió tendida, con su cuerpo envuelto en un silencio profundo y extrañamente familiar. Tan sólo se oía la respiración agitada de ella y el rugido lejano de una tempestad que se marchaba de aquella ciudad con la intención de no regresar jamás.

Captura de pantalla 2013-10-05 a la(s) 22.10.23La miró: estaba frente a él, acostada con las piernas encogidas y el cuerpo curvo. Su mirada seguía indecisa, misteriosa e inaccesible y su cuerpo parecía abandonado sobre el colchón. Él posó su mirada en sus pechos que se contorneaban bajo el camisón. Y sintió sed. Miró sus largas y hermosas piernas plegadas y tembló. Se sintió torpe y atribulado al verse desbordado por unas ideas confusas que nunca antes había sentido.

Por alguna razón que no alcanzaba a comprender sintió la necesidad de tocarla. Se acercó a la cama y se sentó en el borde. Extendió una de sus manos hacia su cuerpo pero antes de alcanzar su piel, la retiró. Estaba aterrado. Ella permanecía ahí, indefensa, al alcance de su mano, ¡pero qué lejana y qué inaccesible le resultaba! Entonces, se preguntó a sí mismo, qué hacía él allí, e inmediatamente advirtio cómo se abría una grieta de angustia y de zozobra en su interior. Nunca llegaré a ella, pensó, nunca, y se hundió en el oscuro abismo de la tristeza.

Volvió a mirarla, y con su velamen roto, destruido, volvió a navegar por el mar apacible de sus ojos. Era su mirada un paisaje poderoso, preñado de soledad, de silencio y de distancia. Por sus ojos desfilaban toda suerte de imágenes, secuencias que no eran más que fragmentos de su existencia pasada. ¡Sus recuerdos!, exclamó sorprendido. Abriendo la puerta de la memoria, coligió, podré acceder a su interior.

De repente se vio en el centro de una sala llena de gente y de llantos. Abrumado por la desolación y el silencio quedó largo tiempo inmóvil. Cuando reaccionó, decidió caminar con inquietud por un pasillo alfombrado hacia un espacio que estaba libre de personas y donde cuatro cirios altos y delgados custodiaban un ataúd destapado. A medida que avanzaba hacia los cirios, se intensificaban las escenas de dolor y los rezos. Algunas mujeres se acariciaban compungidas. Los hombres se apretaban la mano y pronunciaban frases de condolencia. Sentada en el primer banco, muy cerca de los cirios, estaba ella y su mirada. Ya no se oían rezos sino un zumbido aletargado. Tenía sus ojos húmedos, perdidos, doloridos. No reaccionaron ni tan siquiera cuando una mujer se le acercó, se apoyó en su hombro y lloró. Sus ojos parecían haber entrado en una existencia latente.

Decidido a terminar su peregrinaje, atravesó el cerco imaginario que trazaban los cirios para conocer el contenido de la caja abierta. Cuando se asomó al féretro pudo ver el cuerpo amortajado de un hombre que vestía de traje, lucía corbata negra. Luego se fijó detenidamente en su rostro y un intenso escalofrío relampagueó en su interior al descubrir que el muerto, era él.

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El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón (Fragmento)

el-dia-de-manana_9788432214042Siete años después del entierro, era la primera vez que visitaba el cementerio, y volvían a mí sensaciones que creía olvidadas: un olor como a flores rancias y tierra mojada, un escalofrío recorriéndome la espalda, un rastro de sequedad en la garganta….Todo eso, que había sentido el día del entierro, volvía a sentirlo entonces, mientras me acercaba al muro en el que estaban los nichos de mis padres. Me detuve y leí en voz baja sus nombres completos y sus fechas de nacimiento y defunción. Luego sacudí con el pañuelo el polvo de los nichos y lamenté no haber comprado unas tristes flores para adornarlos. Y me hice a mí mismo una promesa. Me prometí ser la persona que habría debido ser, o al menos intentarlo.

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Frutos del verano

547129_10200173387401011_766700232_nSi íbamos el día de Santiago aún era pronto. Si lo hacíamos el primero de agosto ya era  tarde. El ritual era siempre el mismo: adentrarnos con sigilo por la senda que iba junto al muro de piedra hasta que el viejo moral salía a nuestro encuentro. Que hubiese más o menos moras en el árbol solo dependía del invierno. Aquel pequeño barranco, donde la llanura se arrugaba incomprensiblemente, ya no interesaba a nadie. Y el moral, menos aún. Si las lluvias eran abundantes, las moras también. En cambio, si la estación había sido seca, su número se reducía pero no su sabor. Cuanto menos lluvioso sea el invierno, decía revelándome los secretos del secano, más sabrosos serán luego los frutos. La liturgia era sencilla. Yo me encaramaba a las ramas que su experiencia señalaba con decisión. Así, año tras año llenábamos primero las bolsas y después nuestros estómagos. Y verano tras verano rememoraba puntualmente, junto al árbol prodigioso, aquellas portentosas moras que su padre recogía de las moreras que crecían entonces en la falda de la montaña. Eran así de grandes, juraba mientras me mostraba ufano el dedo gordo de su mano. Luego regresábamos por el mismo sendero, cruzando el mismo silencio por el que nos adentramos. Él, anclado en su pasado repleto de fincas inimaginables. Yo, deseando que mi futuro lo poblaran esos árboles extraordinarios.

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Fragmentos

el amante“Creo que mi vida ha empezado a mostrárseme. Creo que ya sé decírmelo, tengo vagamente ganas de morir. Ya no vuelvo a separar esa palabra de mi vida. Creo que tengo, vagamente, ganas de estar sola e incluso me doy cuenta de que ya no estoy sola desde que dejé la infancia, la familia del Cazador. Escribiré libros. Eso es lo que vislumbro más allá del instante, en el gran desierto bajo cuyos trazos se me aparece la amplitud de mi vida.”

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Efemérides (curiosas)

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– “Pero ¿es una rebelión?” preguntó Luis XVI.
– “No, señor, no es una rebelión, es una revolución.” 
respondió el duque.

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La tarde

Mientras veo desde mi azotea cómo muere lentamente la tarde, me viene a la memoria un verso de Pere Casaldàliga, poeta y antiguo obispo (sin mitra) de São Félix do Araguaia – donde vive en plena selva en un chabola entre pobres e indígenas y donde sueña morir como los árboles, de pie- que siempre me conmueve por su sencillez y hondura:
no poseer nada,
no pedir nada,
no callar nada.

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