Humboldt

Leí fragmentos de Cosmos mientras estudiaba la carrera y después, para la redacción del libro de árboles monumentales. Luego, me acerqué a su vida a través de esa biografía ficticia que es La medición del mundo, de Daniel Kehlmann. Pero esta biografía última escrita por Andrea Wulf es una delicia, tal y como aseguró el ínclito Enric González (en la única lista de sugerencias de lectura que sigo, anualmente, y creo). La invención de la naturaleza no se lee. Se bebe. Indispensable.

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Recuerdos

Me gustaba mirar a mi padre mientras se afeitaba. Yo lo contemplaba como si fuera un dios. O un héroe antiguo. También me gustaba caminar de la mano con mi madre.

Ahora que Bruno duerme a mi lado, lo miro detenidamente y me pregunto qué recuerdos tendrá de mí.

Ordesa

Hacía tiempo que no subrayaba tanto. Ordesa es más que un simple libro. Es una confesión inédita, una reflexión sobre los padres, la familia, los hijos y los fracasos. Creo que Manuel Vilas es, tal y como he leído recientemente, el escritor más peligroso del panorama literario español. Pocos sacuden tu interior del modo que lo hace él. Su prosa es poética, sincera, directa. Emotiva.

Abolir el pasado es abyecto. La muerte de tus padres es abyecta. Es una declaración de guerra que te hace la realidad

Gripe española

Pepe Ameal. Así se llama el único superviviente de la peor pandemia de la historia: la gripe española. Al leer la noticia, he recordado que en casa se habló muchas veces de esta enfermedad contagiosa y del paisaje que dejó tras su paso. Jorge, hermano menor de mi padre, aún recuerda acompañar a su madre al cementerio de San Roque para que esta pusiera flores en la tumba de su madre, muerta por las fiebres cerriles que causaba la gripe indómita.

Juanito Molina fue su marido. Era un hombre instruido, autodidacta y muy sensible. Nunca superó la muerte de su mujer. Hasta el último de sus días no lo abandonó jamás la inefable melancolía.

Redes

LLevo unos meses de indiferencia absoluta hacia las redes. Han perdido su atractivo para mí. Es más, me acerco a la tesis de que más que una conexión para el intercambio ilimitado de información, son una trampa, un aparejo inmaterial que nos atrapa y que como un agujero negro, absorbe nuestro tiempo de forma compulsiva. No sirven para nada.

O al menos eso creía hasta hoy, hasta el momento en el que un encuentro fortuito nos permitió conocernos personalmente -ya éramos “amigos” en la red -. De ese encuentro inesperado salió un proyecto ilusionante, algo inimaginable hasta hoy: ella ilustrará los cuentos que he escrito y que acumulo en la nube sin publicar por eso, por falta de dibujos que complementen y hagan visible el contenido de los textos. Ya le he mandado un cuento. Ella hará unos dibujos, en relación al texto, y me los mandará para que yo vea el resultado.

Es evidente que sin las redes sociales, lo más probable es que no nos hubiésemos conocido jamás. Quizá, en este caso, la red sea el preámbulo de un sueño que creía inalcanzable y de una futura amistad impensable. Al menos, hasta hoy. Qué cosas tiene la realidad. Y el azar.

Palpitaciones

Lo esperaba, pero no sabía ni cuándo llegaría el momento ni cómo reaccionaría. Bruno lleva unos días preguntándome dónde están mis papás, sus abuelos. El cielo es una buena respuesta, concreta. Visible. Y más si la acompañas de estrellas. Ahí están, le dices. En el cielo y cada día y cada noche te ven. Y te acompañan.

En un principio, la respuesta pareció convencerle. Sin embargo, hoy ha amanecido consternado. “Cada mañana les hablo a mis abuelos. Y no me dicen nada. ¿Por qué?” El cielo se ha vuelto un argumento lejano. Inaccesible. Y sobre todo, incomprensible. No ha valido.

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