¿Qué cambia cuando cambiamos la forma de percibir, recorrer y pensar nuestros paisajes?

Jornada / Reflexión ” Conciencia ecológica, un asunto de cuidado y cercanía”. Centro Atlántico de Arte Moderno, Las Palmas de Gran Canaria, 13 de abril de 2016

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Soy geógrafo y vivo consumiendo paisajes. Es decir, considero al paisaje como un alimento que satisface mis necesidades y mis deseos.

Ahora miro hacia atrás en el tiempo y me veo con apenas diez años sentado en una banqueta en mi casa completamente abducido por las maravillosas fotografías que ilustraba un viejo atlas del mundo. Sinceramente, no sé qué fue de ese Atlas pero en mi recuerdo aún perduran aquellos soberbios paisajes que mostraban sus páginas: la Tierra vista desde el espacio, las huellas del primer astronauta en la superficie de la Luna tras caminar por el Mar de la Tranquilidad, los lagos y los bosques de coníferas de Canadá, el sinuoso tránsito del Amazonas, el Sáhara, el Ártico, la sabana, los arrozales del sudeste asiático, el Fujijama. Allí estaban reunidos los grandes paisajes del planeta, paisajes que me resultaban fascinantes pero más útiles para mis ensoñaciones que para la realidad. Eran los paisajes del mito, el lugar sublime y recóndito en el que vivían mis héroes infantiles.

Durante la adolescencia los paisajes me resultaron algo naif, algo absolutamente ajeno a mí. Como cualquier adolescente, yo caminaba por la vida como esas figuras que parecen marchar por el aire en las pinturas chinas porque les falta el suelo. Era rebelde, temerario e insensible. ¿Qué pinta el paisaje en la vida de un adolescente? Nada. Absolutamente nada. Sin embargo,  durante esa etapa ocurrió algo trascendental en mi vida: perdí mi brújula, mi referencia vital. Mi madre murió cuando apenas tenía dieciséis años. Tardé poco en aprender lo que nos advertía Gil de Biedma en uno de sus poemas: que la vida iba en serio. De manera inesperada se abrió ante mí un paisaje lleno de preguntas sin respuestas. Recuerdo que una tarde estaba estudiando en casa y me surgió una duda. Inconscientemente, salí de mi habitación decidido a consultar a mi madre. En el lugar en el que tenía que estar ella, donde yo esperaba encontrarla, no había nadie. Lo que sentí entonces fue el peso insoportable que tiene la palabra ausencia.

Con diecisiete años, mi mejor amigo y yo decidimos cruzar la isla caminando. Nos trazamos el objetivo de salir de Guía, subir a la cumbre, bañarnos en Mogán y regresar a casa también caminando. Estuvimos siete días en las montañas. Entonces ocurrió una experiencia que cambió para siempre mi forma de mirar el mundo. Una tarde, cerca de Artenara, nos acercamos hasta unos peñascos a esperar la llegada de la noche.  Sentados en la roca, sin buscarlo, sin esperarlo, asistimos a un atardecer que no olvidaré en mi vida.

El paisaje, en primera instancia nos obsequió con la lontananza como primer regalo. Luego, cuando tuve la posibilidad de contemplar los oleajes de la luz sobre la piel de la isla entendí por primera vez la verdadera dimensión que tiene la inmensidad. Contengo inmensidades que cantaba Whitman. Estos ojos, estas dos gotas de agua cada vez más turbia, me permitieron contemplar lo que era decididamente inabarcable. Pero lo que más me marcó de ese espectáculo visual que sucedía ante mí fue que sentí por primera vez en mi vida que estaba ante la belleza absoluta. Schiller dijo que la belleza es la inclusión absoluta de todas las cosas. Yo supe que estaba ante la belleza porque simplemente contemplaba, conectaba y disfrutaba de su mera existencia. Sentí que era parte de ella, que aquella imagen movía mi ánimo infundiendo en mi interior, primero asombro y después deleite y hasta cierto regocijo. Fui feliz como hacía mucho tiempo que no lo era y supe que aquella sensación era felicidad porque había desaparecido en mí toda pretensión de juzgar, de desear, de poseer y matizar.

Esa experiencia me permitió no solo descubrir qué era la belleza. Descubrí también que la naturaleza se expresa a través del paisaje y que sus expresiones se transforman en nuestro interior en impresiones. Yo quise entonces lanzar esas impresiones vividas a la comprensión de los demás. Podía haberlo hecho mediante la fotografía, la pintura, o la música. Escogí la palabra escrita.

Entonces tuve claro que quería encaminar mis inquietudes profesionales y mi realización personal hacia el paisaje. Yo quería aprender a leer el paisaje, porque presentía que en ese libro inmenso  encontraría  todos los acontecimientos de la naturaleza. Quería, además, narrar esa agradable emoción que nos transita a los enamorados de la belleza que vive en libertad. La geografía, como ciencia del paisaje, me ofrecía esa posibilidad. Hoy puedo decir que soy geógrafo no por vocación sino por apasionada elección.

El estudio y la contemplación de los primeros paisajes me permitió entender la trascendencia de la luz. Todo, absolutamente todo en este mundo es demasiada penumbra si no arde por los dos extremos al mismo tiempo: cultura y naturaleza, arte y vida, y especialmente el espectador y el paisaje observado. La luz es la génesis. El principio. Probablemente así lo entendieron las antiguas culturas. En chino, por ejemplo, ojo, luz y sol son palabras prácticamente idénticas. El poeta inglés John Keats escribió que él tuvo a la luz como único libro. La luz es poesía y sin poesía, la realidad se desprecia.

El paisaje también se observa con los pies. Al adentrarme, al decidir recorrerlos, propicié sin quererlo mi encuentro con los árboles, una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Quien me conoce sabe que para mí, el árbol, es otro ser humano que siempre me espera con los brazos abiertos.

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Recuerdo leer hace años un artículo en la prensa en el que se afirmaba que esta isla fue un gran bosque que se extendía prácticamente de costa a cumbre y del que hoy en día apenas quedan pequeños y aislados fragmentos. Aquella revelación me impactó. Consiguió que mirara a los árboles y arboledas de esta isla con una condescendencia, con un respeto insólito en mi vida. Aquellos seres, aquellos gigantes, eran genuinos supervivientes de una guerra irracional y secular que le habían declarado los hombres.   Hoy en día, si un geniecillo salido de una lámpara mágica me diese la oportunidad de viajar en el tiempo, de visitar una época, un lugar, no lo dudaría. Le pediría que me llevara hasta la selva de Doramas, ese mítico bosque que cubría todo el norte de Gran Canaria y que para nuestra desgracia desapareció prácticamente en su totalidad.

Del estudio de los bosques aprendí dos conceptos que enriquecieron mi percepción de los paisajes: reforestación y regeneración. Casi la práctica totalidad de los bosques actuales de esta isla fueron plantados hace décadas por el ser humano. Esas masas de pinos eran el resultado del esfuerzo diario de unos peones y el empeño de unos ingenieros que en su privilegiado delirio soñaron un día con recuperar los bosques de la isla, con devolverle el verdor que le pertenecía por naturaleza. Ese paisaje que yo creía natural era creación e inspiración humana. Esta idea me reconcilió con mi especie. Por otro lado, el concepto de regeneración natural  me enseñó que el paisaje, lejos de ser una foto fija es un proceso que está vivo, que está continuamente en movimiento, las veinticuatro horas del día, siete días a la semana y trescientos sesenta y cinco días al año. Hay un paisaje oculto que hace posible el paisaje visible. Un motor invisible que tiene sus piezas, su engranaje, su interrelación y su combustible. Este descubrimiento del paisaje no visible, de la interrelación tan íntima y perfecta que hay entre sus elementos, de sus ritmos, su tempo,  nos permite maravillarnos aún más en la contemplación del paisaje visible.  Gracias a mis pies y a mis ojos comprendí que los paisajes son escenarios dinámicos por los que palpita la vida.

Mi pasión por los árboles me llevó a recorrer todo el archipiélago. Así  pude acercarme a los ejemplares más singulares y monumentales de las islas y retratarlos y narrarlos. Pero también me permitió acercarme a otros paisajes de las islas, y descubrir en ellos una escuela muy peculiar en la que la austeridad y la necesidad son unas magníficas pedagogas.

El mundo de la naturaleza ofrece la posibilidad de alianzas, de fertilidades cruzadas y mutuas. Las islas son un magnífico ejemplo donde con muy poco la naturaleza y la cultura han creado un universo inédito de posibilidades.  Hay que ser capaces de entender que hay paisajes con firma. Paisajes que testimonian el esfuerzo de una cultura sensata que se desmorona en casi todos los rincones del planeta y que tiene un apellido claro y contundente: el mundo rural. Es nuestro paisaje antecesor, una cultura de una extraordinaria fuerza creativa capaz de inventar escenarios hermosísimos y que ha ensayado modelos de supervivencia que son perfectamente aplicables en el presente y en el futuro. Yo estoy por afirmar que la única diferencia entre cultura y natura es que la segunda es un poco más antigua. No hay más diferencia.

Quien no entiende que es hijo de las culturas precedentes. Quien no entiende que es heredero del esfuerzo de otros que vivieron antes que nosotros. Quien no entiende que hay una relación directa, de cordón umbilical, entre lo que nos sostiene y protege y entre lo que somos, no sabe lo que es la vida.

Por eso, cuando es destruida la referencia, el paisaje significativo, la historia concreta e irrepetible de un lugar, se pierde algo más que una realidad física. Por eso,  cuando al hombre del campo se le arrebata su paisaje, se le quita el sentido de su vida. Cuando desaparece el paisaje en el que creció nuestra infancia, en el que sucedieron los episodios más trascendentales de nuestra existencia, se le quita sentido a la vida. No es de perogrullo afirmar que la defensa del paisaje es la defensa de la vida.

Debemos tener amplitud de miras. Un paisaje no tiene porqué ser esa imagen bucólica de la naturaleza. También existen otros  paisajes a los que hay que asomarse con nuevos ojos para encontrar su belleza y su estética amable. Paisaje es un nombre que combina perfectamente con muchos apellidos: paisaje urbano, paisaje rural, paisaje natural, paisaje cotidiano, paisaje histórico, paisaje sonoro e incluso paisaje interior. Todo es paisaje. Todo es observable, sí, pero nosotros también somos observados por el paisaje. El paisaje se lee en voz activa y en voz pasiva. Es uno de los aprendizajes más sorprendentes que te ofrece la contemplación consciente. El mundo que te rodea siente tanta curiosidad por ti como tú por él.

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Lo que definitivamente explica que un paisaje sea bonito o despierte más interés que otros es la subjetividad con que el observador se acerca a contemplarlo, y en este sentido, la valoración de un paisaje es una de esas pocas cosas que dependen de uno mismo, convirtiéndose en algo personal y propio.

Si cada uno de nosotros somos sagrados porque cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles, los paisajes, por extensión, son igual de sagrados que los seres humanos que los contemplan.

La lectura consciente del paisaje nos da claves, nos proporciona respuestas a la pregunta de quiénes somos como individuos y como comunidad. El paisaje es construcción y destrucción, sí, y en el proceso constructivo y destructivo hay mucho de emociones. Negativas y positivas. Ya sabemos que el paisaje es un universo de sugerencias. Sin embargo, hay que aceptar ciertas reglas del juego: detrás de esas sugerencias hay también chispazos  que te permiten comprender ciertas tendencias no deseadas, actitudes colectivas, conscientes e inconscientes, que modifican para siempre tu perspectiva del entorno y del momento en el que vives.

Antonio Gamoneda dijo que estamos descubriendo que hay úlceras en la pureza. El paisaje nos revela también lo peor de nosotros. Y pone sobre el tapete el gran problema que vive esta sociedad. A mí, esta sociedad actual en ocasiones me recuerda en cierto modo a mi adolescencia, aquel tiempo de temeraria impersonalidad e insensibilidad.

El principal reto que nos ofrece el paisaje es el viaje extraordinariamente coherente, propositivo, estimulante, de la estética a la ética. Convertir la toma de conciencia en una proposición fundamentalmente ética. ¿Cómo no emplearse activamente en la defensa de ese entorno, del paisaje que ha hecho posible mis emociones y mi proyección frente al mundo, que ha hecho posible mi cultura? Es mi identidad, y qué es la identidad sino memoria. ¡Son mis raíces!

Albert Camus afirmó que la experiencia más maravillosa e inocente que puede experimentar el ser humano en soledad es  la contemplación consciente. Es lo más inocente porque cuando contemplas un paisaje no cometes ningún acto injusto contra nadie  y tu corazón se siente libre. Y esa libertad, esa imposibilidad de ser violento con nada y con nadie, te permite sobrevolar las inconsistencias de este mundo y tomar conciencia del prodigio que es existir y que tantas veces nos suele pasar desapercibido.

El paisaje me ha enseñado a convivir con la vida, no a someterla, me ha invitado a ser notario de esta convivencia y no para de recordarme que lo que he contado, lo que he tratado de transmitir no debe de desvanecerse. Lo aprendido y transmitido debe conservar el profundo sentido de la existencia.

Lejos de academicismos, para mí, la mejor definición posible de paisaje es vivirlo. Y mejor aún: vivirlo y sentirlo. Porque si no vives ni sientes un paisaje, ese paisaje está muerto. No existe. Y probablemente algo tuyo haya muerto con él.

Guía de Gran Canaria, 10-12 de abril de 2016

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2 comentarios sobre “¿Qué cambia cuando cambiamos la forma de percibir, recorrer y pensar nuestros paisajes?

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  1. He llegado a tu blog desde alguno de los contactos de mi Facebook y este artículo me ha impactado como un meteorito, como bocanada de aire puro que aspiras de una sola vez y que luego no quieres soltar aunque te asfixies…Soy fotógrafa y tus palabras han sido una certera fuente de inspiración. Estoy deseando que llegue mi ansiado fin de semana y ojear tu blog para impregnarme de vida… Me alegra que esta vida nos sorprenda y regocije. Ha sido un placer tropezarme con tu blog, “nos veremos muy pronto”.

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