Presentación de Antología de un comienzo

(Texto escrito para la presentación, el jueves 9 de marzo, de Antología de un comienzo, de Cristo Saavedra)


Gracias por escribir, Cristo. Por contar historias. Por comenzar. Yo creo que lo mejor de la vida está en los comienzos. Piénsalo: solo puedes escribir tu primer libro una vez. Cesare Pavese, en El oficio de vivir aseguró que  la única alegría del mundo es comenzar.  Y este libro es tu comienzo. Enhorabuena. Y en hora buena porque nunca es tarde para empezar escribir, aunque ahora que eres escritor sabrás que vas a tener que demostrártelo todos los días.

Recuerdo perfectamente cuando te leí por primera vez. Ocurrió no hace mucho. Y fue en esa realidad paralela que llamamos, yo creo que eufemísticamente, redes sociales. Y digo lo de eufemísticamente porque es cierto que nos conecta los unos a los otro como nada antes nos había conectado pero que sin embargo nos aísla del resto como nada antes lo había hecho. Estamos más solos que nunca, Cristo. Este es el paisaje en el que naces como escritor: una soledad inédita pero magníficamente conectada.

Recuerdo cuando te leí por vez primera, decía. Me bastó leer una frase tuya para saber que en ti residía algo especial. Y no es de perogrullo decir lo que acabo de decir.  Los que tenemos el hábito y el placer de leer nos reconocemos rápidamente los unos a los otros.  Nos es suficiente leer una frase simple para saber que esa persona que acaba de escribir algo tan básico como un sujeto y un predicado, aquilata horas y horas de lecturas. Y a mí me pasó contigo. Y contigo se confirma una vez más que la puerta de entrada a la escritura es la lectura.

Todos somos escritores en potencia. Pero pocos se atreven a escribir. Reconozcámoslo: hay que ser valiente para hacerlo. Y más en este país en el que muchos son capaces de ponerse desafiantes delante de un toro pero que desde que ven un libro salen corriendo despavoridos.

El otro día leí una entrevista que le realizaron al escritor italiano Erri de Luca. En ella el poeta afirmaba que la palabra revolución ha caducado, ya es pasado. Y no estoy de acuerdo. Y no lo estoy porque el primer paso de cualquier revolución, de la lucha por la construcción de un mundo alternativo y mejor, es el rechazo de la realidad que vive en nuestra mente. Por eso creo firmemente que mientras haya escritores, habrá revoluciones.

Escribir es un acto revolucionario porque niega lo existente, no asume la realidad de forma pasiva y resignada sino que sueña y lucha por transformarla a través de la reflexión, de la ficción, de la creación. De la palabra, en suma.

Es cierto. Un libro no cambia la realidad; pero sí nuestra percepción de la misma. Por eso Gabriel Celaya nos advertía que la poesía es un arma cargada de futuro. Un escritor es alguien en permanente combate contra la banalidad de la existencia.

Pero escribir no es solo combatir. La escritura es también un refugio en el que una vez instalado, por paradójico que parezca, te evades. Te vas. Y te vas lejos. Lejos de certezas arraigadas. Lejos de creencias, de estereotipos y de prejuicios. Lejos de la tribu. Lejos de la realidad. Lejos de tu peor enemigo. Lejos, en suma, de ti. Y no es fácil este viaje. O no debe serlo, porque es un viaje solitario a la búsqueda de lenguajes propios, de rompimiento, de originalidad. Escribir según tu propia voz. Crear tu propio camino. Todo un reto que has logrado, Cristo. Y de forma sobresaliente.

Antología de un comienzo es más que una colección de relatos cortos, reflexiones hipoglucémicas y poemas desordenados. Es un blíster, un envase con pequeñas píldoras para leer rápido pero pensar despacio.

Aquí hay literatura de verdad y no imitación de segunda mano. Aquí hay personajes e historias, por desvaídos que puedan parecer los personajes y por tenues que nos puedan parecer las historias.

Una primera lectura superficial nos muestra a un escritor que juega irreverentemente con el lenguaje y que se complace en romper las barreras entre cuento, ensayo y poema en prosa. Cristo juega con la literatura, con la realidad. Incluso con la paradoja. El lector se sorprende ante un fecundo despliegue de ideas, de palabras y hasta de puntos de vistas insospechados. Eres como la “hache”, por ejemplo, un bellísimo juego fónico, de sonidos, a través de la única consonante del abecedario que no suena, porque es muda. Cristo cuando escribe, juega. Lo hace con la semántica, con las sintaxis, con la gramática. Cristo, cuando escribe, lo pasa bien, se divierte.

Una vez le oí decir a otro gran escritor guiense, Santiago Gil, que en los relatos cortos, uno tiende a ser más sincero, más preciso y más franco con lo que piensas o recreas. Escribir relatos en este formato te obliga a la ligereza y la eficiencia. A eliminar grasa, a quitar todo lo superfluo. Ahí reside la dificultad: en ser exquisitamente exacto. Yo creo que en Antología de un comienzo están contenidas las piedras angulares del pequeño relato: lenguaje sencillo, sintético, preciso y una extrema observación de la realidad.

Esta opera prima de Cristo arroja un importante saldo de realismo irónico, mordaz, crítico, donde concurre la denuncia a la mediocre banalidad, los excesos contra la naturaleza, el drama de la inmigración, la injusticia de la muerte, el triste espectáculo que a diario nos ofrece la política o el irónico sonrojo que provocan al autor las  faltas de ortografía.

Pero sobre esta voz cargada de observación hay una mirada profundamente anegada de humanismo y de ternura. Hay un hombre que echa de menos a su padre, que indaga en el alma humana, en la soledad, en el amor y en el desamor. Hay un escritor maduro que homenajea a lo verdaderamente importante en la vida (la cerveza y el bocadillo de tortilla, por ejemplo), que rinde culto a la gran literatura y que se muestra continuamente agradecido con quienes han hecho de él lo que hoy es.

Estos relatos cortos, estas reflexiones sin azúcar y poemas desordenados se nos quedan flotando en la memoria (y en el corazón, me atrevería a añadir). A primera vista, estas letras aquí encerradas sólo tratan de unas vidas, pensamientos y emociones que parecen poco importantes y que dejan tras de sí un rastro tan leve como el rastro que dejan tras de sí los caracoles. Pero poco a poco, a medida que leemos, vamos descubriendo que ese rastro casi imperceptible es el rastro que también va dejando nuestra propia existencia. Este libro habla de ti. Y de mi. De nosotros. ¿No es maravilloso?

No quiero extenderme mucho. En Anatomía de un comienzo hay anarquía intelectual y espiritual. Absoluta libertad. Y relatos y poemas muy buenos. Excelentes. Confieso que Un mandado me parece un texto superlativo, un relato escrito con aguda inteligencia. El protagonista cruza el tiempo de Aristóteles, de San Agustín, coquetea con el tiempo de Newton y da un rodeo por esta ciudad a través  de ese tiempo circular que dibujó Borges. Realmente prodigioso.

También suena insistentemente en mi memoria y reclama una mención especial Sexo entre sinónimos en el que no hay ninguna frase más larga que una respiración.

Yo creo, y esto me gustaría que el autor me lo confesara ahora que nadie nos oye, que los relatos, e incluso los poemas, no vienen de su interior, sino que proceden del exterior. Sospecho que Cristo, como buen escritor que ya es, es solo un canal, un medio de comunicación. Un chófer eficiente que recoge estímulos de lo cotidiano y los conduce al papel en formas de versos, de reflexiones, de ficción. A veces me pregunto si esto es lo que significa ser escritor. Si somos realmente autores de nuestras historias, o no somos más que meros redactores de variantes.

Veo el teatro lleno de amigos de Cristo. No todos pueden presumir de tener un amigo escritor. Ni un hermano escritor. Ni un hijo escritor. Háganse un favor: lean Antología de un comienzo. Detenidamente. Porque es una manera distinta de conversar con el autor. Y porque leer es un acto de rebeldía. Leemos para aprender, para ser más libres y tolerantes, para entender mejor el mundo en el que vivimos y tener opinión sobre las cosas. Para ser cada día mejores. Rafael Bárez, condenado durante la dictadura a años de prisión por no renunciar a sus ideales políticos, escribió estos versos hermosísimos y liberadores:

Me desnudo de cárcel cuando leo.

Ellos cierran mi celda: yo abro un libro.

Me humillan en la hilera.

Yo me formo, charlo, discuto, estudio…

Con cada convicción subvierto el muro

y hago un cuartel general para el mañana.

Deberíamos leer más. Yo creo que no nos gusta leer porque no soportamos estar solos. La gente tiene miedo de pasar tiempo a solas. Trabajos realizados con estudiantes universitarios revelaron que éstos prefieren administrarse descargas eléctricas a sí mismos antes que estar a solas con sus pensamientos.

Los móviles que siempre llevamos encima nos han dado la falsa impresión de que no hay nada que temer, de que nunca más nos sentiremos solos. Hemos caído en la trampa. Creo que si vivimos solo de los mensajes cortos, se nos acaba el pensamiento.Y somos lo que pensamos.  El otro día volvía a casa en la guagua y la gente iba mirando el móvil, recibiendo fogonazos. Respeto ese mundo electrónico que me parece muy útil y en el que todo es rápido e instantáneo, pero adoro la lectura y el pensamiento porque son lentitud. Leer unas líneas y levantar los ojos con la esperanza de que lo que sigue no es otro fogonazo sino continuidad, un fluir. Leer unas líneas con la sensación de que en lo que estás es distinto de en lo que estabas y de lo que va a venir. Eso es la maravilla de leer.

Hace unos días presencié aquí al lado, en la parada de guaguas que está junto al puente del barranco una escena bellísima: un niño estaba sentado en el banco de la marquesina, vestido con su equipaje de fútbol. Era tan pequeño que sus pies aún no le llegaban al suelo. Los tacos parecían flotar en el aire. Este niño leía y su cara tenía una maravillosa y enigmática expresión de felicidad. Sonreía apaciblemente mientras leía y hojeaba el libro que tenía entre sus manos. Ese niño estaba disfrutando de ese universo especial, íntimo, placentero que sólo proporciona la lectura. Y nos regalaba un paisaje cargado de esperanza.

Por eso les sugiero que lean Antología de un comienzo. Háganlo sin prisas. Lentamente. Dénse descargas de placer. No renuncien a la felicidad.

Gracias por escribir, Cristo. De corazón.

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