La ventana

Me detuve por la música. No sabía de dónde procedía, así que miré al derredor buscando el origen de aquellos misteriosos acordes. Hasta que mis ojos se fijaron en la ventana entreabierta. La melodía procedía de allí. Quien tocaba el piano estaba tras esas paredes y permitía que la música escapara de la estancia por el hueco abierto de la ventana. No sé cuánto tiempo permanecí allí, en medio de la calle, hipnotizado, atraído por esa interpretación tan prodigiosa y espontánea. Obnubilado, miraba a la ventana hasta que descubrí los primeros rayos de sol extender su resplandor por encima de la casa. Me pregunté quién más en el mundo disfrutaría de este amanecer tan maravilloso. El zumbido insistente del móvil cortó mi embeleso.  Al otro lado de la línea, el compañero con el que compartía coche cada mañana para ir al trabajo me preguntaba por mi retraso inesperado. Cuando colgué, flotaba en el aire un silencio desesperante. El piano se había callado.

Desde que tuve oportunidad busqué en internet información sobre la casa. Había memorizado su dirección exacta y eso me facilitó notablemente el rastreo. Me sorprendió comprobar que estaba en venta y que pertenecía a un aristócrata con cuatro apellidos. Un enlace en la ficha de la inmobiliaria conducía a una web donde se ilustraba la histórica vinculación de la vivienda con al menos dos de los apellidos del propietario. Husmeando en la página, di con un árbol genealógico admirable. Comprobé que la historia de la familia del aristócrata se remontaba hasta la noche de los tiempos. Sin embargo, me resultó llamativo comprobar que mientras la totalidad de su ascendencia, uno a uno, disfrutaba de una pequeña biografía personal adosada, había un nombre compuesto y unos apellidos que no. O esa persona no tuvo relevancia alguna o había algo que ocultar. Seleccioné con el ratón el nombre y los apellidos, y mediante un copia y pega hice una búsqueda en el explorador. La consulta arrojó apenas tres resultados. El primero me derivaba a un artículo sobre el origen y la evolución de las notarías en la comarca. Los últimos, en cambio, eran dos viejas noticias publicadas en la prensa de entonces que había digitalizado recientemente la biblioteca de la ciudad.

La primera noticia tenía un titular espeluznante. Terrorífico. Tras la inquietante lectura del artículo, colegí que la casa estaba abandonada desde hacía aproximadamente un siglo. Su último morador fue el hombre que buscaba. Era notario. Y tío abuelo del propietario actual.  Al parecer, el hombre, tras perder a su mujer y a su hija, encontró refugio y consuelo en dios. Cada vez pasaba menos tiempo en la Notaría y más, en cambio, en misas, novenas y retiros espirituales. Peroraba sermones ininteligibles y repetía insistentemente versículos de la Biblia que memorizaba con patológico afán. Por esa razón, apuntó el redactor, los empleados de la Notaría se sorprendieron al recibir la invitación en la que se les convidaba a un almuerzo. A todos. En casa del notario.

Transcurridos unos días la policía se personó en la vivienda. Buscaban a los empleados, extrañamente desaparecidos. En el artículo se afirma que los agentes que tocaron insistentemente en la puerta, no podían imaginar lo que iban a presenciar segundos después. Tras forzar la cerradura, quedaron inmóviles ante el horripilante espectáculo que contemplaban sus ojos: unos cuerpos descuartizados y esparcidos por todo el comedor. En la mesa aún se encontraban los platos con los cubiertos y restos de comida, las servilletas esparcidas, botellas abiertas y copas aún con bebida. A todos les habían arrancado el corazón. Junto a los cuerpos, los policías hallaron unas tijeras de podar y varias cuchillas de afeitar. Lo más sórdido del caso, continúa el relato,  fue encontrar al notario en el piso superior de la casa tocando al piano una música “hermosísima, pero muy mística y melancólica”, según palabras de un policía.

Al notario lo detuvieron y lo juzgaron. En la vista, se limitó a describir su acción como “un acto de purificación para acabar con el mal”. El fiscal pidió la pena de muerte pero el juez decidió enviarlo a un sanatorio psiquiátrico tras comprobarse durante el juicio que los empleados de la Notaría habían urdido una trama para ganar dinero a través de sofisticados engaños.

La segunda noticia era, en cambio, mucho más breve. Y aterradora. Una simple nota de prensa informaba de la renuncia de la policía a seguir buscando al notario tras la huida de este del sanatorio en el que estaba condenado.

    

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