Espacio, tiempo y silencio

Nadie me ha mostrado esta ciudad como él. Y ninguna otra, también. Aquí y en otras islas. Incluso en la península. A través de la observación me mostraba la realidad. Y la realidad, es la puerta de los sueños, aseguraba. Por el día, la ciudad no es de nadie. Es tan solo un continuo trasiego de personas que vienen y van. Pero de madrugada, todo cambia. Entonces la ciudad te pertenece a ti. Solo a ti, decía. Así me aficioné a caminar por los espacios habitados mientras todos dormían. Y así descubrí que esta ciudad, mi ciudad, es espacio, tiempo y silencio.

Yo creía que esa era su identidad. Y así se lo manifesté hace unos días, cuando volvimos a coincidir fortuitamente tras mucho tiempo sin vernos. Me sorprendió su visceral pesimismo ante el incierto futuro de esta ciudad. Lo que para mí era una seña de identidad, una oportunidad, el silencio, para él no era más que un síntoma visible y “sonoro” de su irremediable decadencia. De su muerte inaplazable. Porque según él, este lugar padece una enfermedad incurable. ¿Has leído El desierto de los tártaros?¿Conoces la historia de Giovanni Drogo?, me preguntó. No, le respondí, pero ahora que nombras esa obra, recuerdo que Javier Cercas la cita varias veces en su última novela. Despreció este último comentario mío, bebió un trago corto de su cerveza y se lanzó a describirme la pequeña tragedia vital del protagonista, un joven militar que es destinado a la fortaleza Bastiani, situada al borde del desierto. A pesar de la soledad y el hastío que en un principio siente Drogo, éste decide sacrificar los mejores años de su vida permaneciendo en la Fortaleza.  Por si los tártaros volvieran a atacar.  ¿No te das cuenta?, me preguntó con gesto de intriga. Y sin esperar mi respuesta, exclamó: ¡Esta ciudad es Drogo!  Al igual que el teniente, este lugar sueña con el regreso de un pasado que ya no volverá, con una gloria que jamás alcanzará. Imagino que tu incorregible curiosidad querrá conocer el final de la novela, dijo. Yo me limité a asentir con un movimiento sutil de mi cabeza. Apuró lo que quedaba de cerveza de un sorbo y prosiguió relatando ya de forma más pausada. De forma progresiva, Drogo cae sin darse cuenta en un estado de apatía. El tiempo desfila implacable ante sus ojos, adormecidos por el aburrimiento, mientras él se limita a continuar con aquella corrosiva rutina, que ni siquiera le place. Cada vez más, el cuartel se convierte en su único universo; una agobiante y desangelada prisión donde entierra sus sueños y sus esperanzas. El ataque de los tártaros, la gran apuesta de su vida, concluyó, no sucederá jamás.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: