El regreso

Solo él llamaba así a la puerta. Por eso no tardó dos segundos en saltar de la mecedora y encaminarse a la entrada con una extraña sensación de esperanza. A cada paso que daba,su corazón más se aceleraba. Cuando abrió, se encontró frente a ella  a un remedo de su Luis: más flaco, con barba poblada y descuidada, vestido con un uniforme sucio y holgado y el brazo izquierdo en cabestrillo con el antebrazo cruzado sobre el vientre. Por su mirada, por la hondura de sus ojos, por el fulgor profundo que percibió en ellos, lo reconoció. Y le dio igual que estuviera vivo o muerto.  Era él y allí estaba. Sin pensarlo dos veces, se abalanzó hacia él, lo abrazó con todas sus fuerzas y lloró desconsoladamente sobre su hombro sano. Él se limitó a acariciarle el cuello con su mano derecha, de forma lenta e insistente, como a ella tanto le gustaba.

Luis no fue a la guerra. Tuvo que ir. Como recluta obligado a prestar servicio militar en las filas del ejército nacional. De los sublevados. Era soldado a la fuerza, no por vocación. Porque no tuvo otra opción. O acudía al llamamiento a las armas o sería perseguido por desertor.

A pesar de los meses que lleva ya en el frente, no hay momento que deje de pensar en ella. A él la guerra por las ideas no le quita el sueño. Lo que a Luis le preocupa es el miedo a morir, la calidad de la comida, el azote de los piojos, la sed, el frío, el calor. Y ella.

Luis cae herido en el frente de Córdoba bajo una lluvia de obuses, fuego de ametralladoras y morteros. Es recogido aún con vida por los camilleros que lo llevan con urgencia al botiquín del batallón.  Luego, es trasladado a un hospital en Sevilla, donde tras varios sobresaltos recobra la consciencia.

Luis despierta y descubre que está  en un pabellón. Es el último de una larga fila de camas, todas ocupadas por heridos de guerra. Otros no han tenido tanta suerte como él y yacen en camillas o tirados por el suelo.  A su lado descansa un soldado andaluz al que apenas entiende cuando le habla. A pesar del paso de los días, entablan poca conversación. Un asistente, tras el rutinario chequeo, se para y habla con Luis. ¿De Canarias? ¡Vaya! Qué lejos, ¿no? Ayer nos dejó un médico canario que regresa a las islas. ¿Cómo?, pregunta Luis con visible inquietud. ¿Cómo?, insiste. Le oí decir que pasado mañana parte un barco desde Cádiz, confirma el asistente antes de continuar con su tarea. A Luis, el resto de la conversación ni le interesa. Aún herido, abandona el hospital y consigue llegar a Cádiz en tren. Va uniformado. Con el brazo en cabestrillo, dolorido, la clavícula rota y la herida de una de las balas que penetró en su hombro y lo tiró al suelo.

Un asistente novato pasa revista temprano a los heridos. Alcanza la cama de Luis y al verla vacía, pregunta al soldado andaluz si sabe dónde está el herido que ocupaba ese catre. Al despertarme ayer tarde, ya no estaba, responde el herido. Habrá muerto, concluye sin darle importancia a sus palabras. Y el asistente anota en el estadillo, Fallecido, junto al número de cama.

La noche es fresca y el cielo está estrellado. El barco avanza lento, se bambolea y Luis permanece solo, sentado en un banco de madera en cubierta. Con visible dificultad, consigue sacar un cuadernillo y un pequeño lápiz de su guerrera. En una hoja en limpio dibuja el rostro de ella. Sonriendo. Es la primera vez que la dibuja así. No sé pintar sonrisas, le decía él cuando ella le preguntaba por qué pintaba siempre caras tan serias. Desde que abandonó el hospital solo piensa en ella. Pero a diferencia de la guerra, ahora siempre la imagina sonriendo.

Luis deja el lápiz sobre el cuadernillo y oye el murmullo de las olas. Recuerda de imprevisto el cuento que les contaba don Roberto en la graduada. Ulises, el héroe que regresa a casa tras una guerra de diez años. Como yo, se dice. Y se pregunta si como él, Ulises, también tuvo que esquivar una guerra que no entiende, que no siente, solo por querer estar en su casa, abrazado a ella, envuelto en ella. Dentro de ella.

Su amigo toca en su casa. Trae un periódico en sus manos. Ella le invita a pasar. No, dice, y ella advierte entonces que algo ha pasado. Lee su nombre y apellidos en el listado de caídos que a diario expone el periódico. Ha muerto, afirma su amigo entre sollozos. En el ayuntamiento han mandado un telegrama al Gobierno militar solicitando la confirmación de la noticia. Y ha llegado hace apenas unos minutos.

Ella teje en la mecedora. Hoy se ha levantado tras varios días refugiada en la cama. En su cama. Porque aún es de los dos. La cama que diseñó y creó él con sus propias manos. El carpintero más creativo del universo, le decía. Al igual que la mecedora en la que teje y se mece quedamente. No quiere recibir a nadie. Quiere estar sola y siente que no la respetan. Vuelven a tocar en la puerta. Pero esta vez no hace caso omiso.  Esta vez se ha quedado paralizada. Solo una persona toca la puerta de esa manera tan rítmica y contundente.

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