La carta

Querido amigo:

Qué raros somos los humanos. Lo digo por esa sorprendente capacidad que tenemos de cosificar a las personas y de personificar, en cambio, a las cosas. Tú, sin ir más lejos, eres un piano. Un complejo instrumento musical. Un teclado, como único paisaje visible, y unas  cuerdas ocultas dentro de una caja de resonancia. No eres más. Y sin embargo, aquí estoy yo, escribiéndote una carta (como si pudieras leerla), dirigiéndote unas palabras. Diciéndote definitivamente adiós.

    Nos conocimos hace treinta y tantos años, ¿recuerdas? Mucho ha llovido desde entonces. Te sorprendería saber que ya no existe ni el país en el que te fabricaron ni la tienda de música donde nos vimos por primera vez. Entonces yo apenas tenía ocho años y tú acababas de desembarcar en esta isla tan lejana de esa república tuya que paradójicamente llamaban democrática.

    Seré conciso. Ni tengo tiempo para extenderme en demasía ni tengo ganas de sensiblerías. Pero quiero que sepas que si hoy miro hacia atrás y repaso mis días, me es imposible concebir mi vida sin tu compañía. Contigo aprendí tantas cosas. Tanto. Sabes bien, porque me conoces bien, que la música, para mí, es mucho más que un simple pasatiempo. Es el camino que escojo una y otra vez para buscar y encontrar  consuelo, para llenarme de sentido. Sin ti, me hubiese quedado a mitad del camino.

Todo nuestro tiempo juntos permanece muy vivo en mi memoria. Qué unidos estábamos entonces. ¡Cuánto disfrutamos! En tus teclas bailaron y ardieron mis dedos y mi corazón conoció en ellas la euforia, la tristeza, la angustia, la apatía, el arrebato, la alegría, el miedo, la desesperación. Y el amor.

    Antes de decirte adiós, quiero pedirte perdón. Debo pedirte perdón. Por los años de silencio equivocado, de injusto ninguneo al que te condené. Me equivoqué. Y en ese error mío, sólo mío, se entrometió el tiempo. Déjame explicarte, por favor. Entonces, claudiqué. Me dejé vencer justo cuando todo era juventud y furor. Fue mi manera de protestar por algo que entonces no entendía. Y tú hacías más palpables y sonoras las ausencias. Te quería, amigo. Pero de repente  la vida se llenó de sinsentidos y nos separó.

  Tanto silencio aún me avergüenza. Pero  el recuerdo de los buenos momentos que vivimos, que fueron muchos, aún pervive. Como el de un viaje iniciático. Como el del primer amor. Y me consuela pensar, y no disculpo de esta manera al joven que fui, que mi comportamiento fue normal. El tiempo nos distancia de los amigos de la infancia y de la juventud con los que compartimos sueños y alegrías. Es ley de vida.

Pasaron muchos años para que yo me diera cuenta del tremendo valor que aún atesorabas. De repente descubrí que ahí estabas. Que siempre estuviste. Fue una tarde de otoño. Te miré y te vi allí, solo, en el salón. Arrinconado. Recuerdo que me acerqué a ti, destapé el teclado y con delicada decisión toqué a una mano aquella pieza de Debussy. Luego, todo transcurrió como si nada hubiera ocurrido. Como si no hubieran pasado más de quince años desde la última vez. Me sorprendió ver lo bien que mis dedos ejecutaban la partitura que mi memoria les dictaba. Me senté en la butaca y sucedió lo que sucede en los encuentros inesperados entre dos viejos amigos: que se desata un torrente de sincera emoción.

Amigo, te debía esta carta. Me sentía en deuda contigo. Sé feliz en tu nuevo hogar. Te mereces estar donde ahora estás. Y yo, me alegro de corazón. Allegro molto vivace.

Tuyo, siempre.

Javier

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