El desencuentro

Julia tiene razón. Últimamente parecemos dos bloques enfrentados. No nos ponemos de acuerdo en nada. El último episodio de nuestra innegable crisis ha sido la actitud tan diferente que hemos tenido con Eva, la amiga imaginaria de Nuria, nuestra hija. A pesar de que el psicopedagogo tratara de tranquilizarnos asegurándonos que a su edad es normal, o que incluso es hasta una revelación positiva ya que los niños con amigos imaginarios suelen ser más creativos, con más empatía y mejores habilidades lingüísticas, Julia sigue preocupada. ¿Y si ahora no desea tener amigas reales? ¿Y si se nos vuelve retraída o violenta?, me pregunta sin ocultar su desasosiego.  Deberíamos intentar hacerla desaparecer, me propone últimamente de forma obsesiva. Y es aquí  donde se produce el desencuentro. Porque a mí no me preocupa mi hija. No creo que suceda nada extraordinario por lo que deba alarmarme. Nuria es una niña muy sensible, a la que le fascina la fantasía. Me inquieta, en cambio, su amiga imaginaria. Al fin y al cabo, Eva vive gracias a Nuria y se enriquece con sus experiencias y con sus deseos. Me angustia pensar qué pasará con Eva cuando Nuria se olvide definitivamente de ella. ¿Podrá sobrevivir sin alguien que la imagine?

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