Parecidos razonables

Dicen que a medida que cumplo años el parecido con mi padre aumenta. Y debe de ser cierto porque cada vez me lo comentan más. Pero una cosa es el parecido y otra muy distinta es confundirme con él.  Me sucedió esta tarde con un viejo amigo suyo. Como siempre que nos vemos, nos saludamos con efusividad y charlamos sobre trivialidades: el pueblo, el frío, la ausencia de lluvia, la navidad. Pero cuando me preguntó si tenía pensado criar mulos este año, fue cuando me percaté por primera vez de su confusión. O de su realidad. Para él, yo no era yo. Era mi padre. Allí recordé que yo había estado presente cuando mi padre le regaló precisamente a él todos sus pájaros al no poder continuar con la cría.

Bastó una llamada para confirmar lo que me temía. Aún en una fase inicial, pero ya es víctima de esa epidemia que causa el olvido. Tiene Alzheimer.

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