Gripe española

Pepe Ameal. Así se llama el único superviviente de la peor pandemia de la historia: la gripe española. Al leer la noticia, he recordado que en casa se habló muchas veces de esta enfermedad contagiosa y del paisaje que dejó tras su paso. Jorge, hermano menor de mi padre, aún recuerda acompañar a su madre al cementerio de San Roque para que esta pusiera flores en la tumba de su madre, muerta por las fiebres cerriles que causaba la gripe indómita.

Juanito Molina fue su marido. Era un hombre instruido, autodidacta y muy sensible. Nunca superó la muerte de su mujer. Hasta el último de sus días no lo abandonó jamás la inefable melancolía.

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Redes

LLevo unos meses de indiferencia absoluta hacia las redes. Han perdido su atractivo para mí. Es más, me acerco a la tesis de que más que una conexión para el intercambio ilimitado de información, son una trampa, un aparejo inmaterial que nos atrapa y que como un agujero negro, absorbe nuestro tiempo de forma compulsiva. No sirven para nada.

O al menos eso creía hasta hoy, hasta el momento en el que un encuentro fortuito nos permitió conocernos personalmente -ya éramos “amigos” en la red -. De ese encuentro inesperado salió un proyecto ilusionante, algo inimaginable hasta hoy: ella ilustrará los cuentos que he escrito y que acumulo en la nube sin publicar por eso, por falta de dibujos que complementen y hagan visible el contenido de los textos. Ya le he mandado un cuento. Ella hará unos dibujos, en relación al texto, y me los mandará para que yo vea el resultado.

Es evidente que sin las redes sociales, lo más probable es que no nos hubiésemos conocido jamás. Quizá, en este caso, la red sea el preámbulo de un sueño que creía inalcanzable y de una futura amistad impensable. Al menos, hasta hoy. Qué cosas tiene la realidad. Y el azar.

Palpitaciones

Lo esperaba, pero no sabía ni cuándo llegaría el momento ni cómo reaccionaría. Bruno lleva unos días preguntándome dónde están mis papás, sus abuelos. El cielo es una buena respuesta, concreta. Visible. Y más si la acompañas de estrellas. Ahí están, le dices. En el cielo y cada día y cada noche te ven. Y te acompañan.

En un principio, la respuesta pareció convencerle. Sin embargo, hoy ha amanecido consternado. “Cada mañana les hablo a mis abuelos. Y no me dicen nada. ¿Por qué?” El cielo se ha vuelto un argumento lejano. Inaccesible. Y sobre todo, incomprensible. No ha valido.

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Puro teatro

Se mueve siempre en guagua. Siempre ocupa el mismo asiento, justo detrás del conductor. Siempre lee el periódico e interrumpe la lectura para ver quién sube y quién baja. Y como siempre, al vernos, me ha negado el saludo con gesto de suficiencia.

Luego, mientras hablaba por teléfono, gesticulaba con dramatismo y hablaba bien alto, para que todos lo escucháramos. La vida como un escenario. Es de ese tipo de personas que disfrutan llamando la atención. Para él, la guagua es más que un medio de transporte. Es puro teatro.

Parecidos razonables

Dicen que a medida que cumplo años el parecido con mi padre aumenta. Y debe de ser cierto porque cada vez me lo comentan más. Pero una cosa es el parecido y otra muy distinta es confundirme con él.  Me sucedió esta tarde con un viejo amigo suyo. Como siempre que nos vemos, nos saludamos con efusividad y charlamos sobre trivialidades: el pueblo, el frío, la ausencia de lluvia, la navidad. Pero cuando me preguntó si tenía pensado criar mulos este año, fue cuando me percaté por primera vez de su confusión. O de su realidad. Para él, yo no era yo. Era mi padre. Allí recordé que yo había estado presente cuando mi padre le regaló precisamente a él todos sus pájaros al no poder continuar con la cría.

Bastó una llamada para confirmar lo que me temía. Aún en una fase inicial, pero ya es víctima de esa epidemia que causa el olvido. Tiene Alzheimer.

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