Recuerdos de arena

Gracias a él recupero estos días la fascinación que de niño me provocaban los lugares encantados, como los bosques. O como el mar. Hoy, mientras él jugaba en la orilla de la playa a enterrar y desenterrar una piedra en la arena, yo lo observaba y recordaba aquella vieja historia, probablemente más mito que realidad, que me contó entonces mi madre. Andaba San Agustín paseando por la playa, tratando de comprender el misterio de la Santísima Trinidad cuando vio a un niño que, con una pequeña concha, sacaba el agua del mar y la echaba en un pocito en la arena. ¿Qué haces, niño?, le preguntó. Estoy sacando toda el agua del mar para vaciarlo y meterlo en este pocito, le dijo el niño. Pero, ¿no te das cuenta de que eso es imposible?, replicó san Agustín. Agustín, le dijo el niño, es mucho más fácil que yo logre hacer esto a que tú llegues a comprender alguna vez el misterio de la Santísima Trinidad.

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La carta

Querido amigo:

Qué raros somos los humanos. Lo digo por esa sorprendente capacidad que tenemos de cosificar a las personas y de personificar, en cambio, a las cosas. Tú, sin ir más lejos, eres un piano. Un complejo instrumento musical. Un teclado, como único paisaje visible, y unas  cuerdas ocultas dentro de una caja de resonancia. No eres más. Y sin embargo, aquí estoy yo, escribiéndote una carta (como si pudieras leerla), dirigiéndote unas palabras. Diciéndote definitivamente adiós. Sigue leyendo “La carta”

Espacio, tiempo y silencio

Nadie me ha mostrado esta ciudad como él. Y ninguna otra, también. Aquí y en otras islas. Incluso en la península. A través de la observación me mostraba la realidad. Y la realidad, es la puerta de los sueños, aseguraba. Por el día, la ciudad no es de nadie. Es tan solo un continuo trasiego de personas que vienen y van. Pero de madrugada, todo cambia. Entonces la ciudad te pertenece a ti. Solo a ti, decía. Así me aficioné a caminar por los espacios habitados mientras todos dormían. Y así descubrí que esta ciudad, mi ciudad, es espacio, tiempo y silencio. Sigue leyendo “Espacio, tiempo y silencio”

Frutos del verano

Si íbamos el día de Santiago aún era pronto. Si lo hacíamos el primero de agosto ya era  tarde. El ritual era siempre el mismo: adentrarnos con sigilo por la senda que iba junto al muro de piedra hasta que el viejo moral salía a nuestro encuentro. Que hubiese más o menos moras en el árbol solo dependía del invierno. Aquel pequeño barranco, donde la llanura se arrugaba incomprensiblemente, ya no interesaba a nadie. Y el moral, menos aún. Si las lluvias eran abundantes, las moras también. En cambio, si la estación había sido seca, su número se reducía pero no su sabor. Cuanto menos lluvioso sea el invierno, decía revelándome los secretos del secano, más sabrosos serán luego los frutos. La liturgia era sencilla. Yo me encaramaba a las ramas que su experiencia señalaba con decisión. Así, año tras año llenábamos primero las bolsas y después nuestros estómagos. Y verano tras verano rememoraba puntualmente, junto al árbol prodigioso, aquellas portentosas moras que su padre recogía de las moreras que crecían entonces en la falda de la montaña. Eran así de grandes, juraba mientras me mostraba ufano el dedo gordo de su mano. Luego regresábamos por el mismo sendero, cruzando el mismo silencio por el que nos adentramos. Él, anclado en su pasado repleto de fincas inimaginables. Yo, deseando que mi futuro lo poblaran esos árboles extraordinarios.

La tarde

Mientras veo desde mi azotea cómo muere lentamente la tarde, me viene a la memoria un verso de Pere Casaldàliga, poeta y antiguo obispo (sin mitra) de São Félix do Araguaia – donde vive en plena selva en un chabola entre pobres e indígenas y donde sueña morir como los árboles, de pie- que siempre me conmueve por su sencillez y hondura:
no poseer nada,
no pedir nada,
no callar nada.

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La derrota

Han ganado. El poder económico que gobierna el mundo desde el otro lado del espejo nos ha vencido. Primero han conseguido que perdamos combatividad, luego han logrado el más difícil todavía: que el capital prescinda del trabajador. El capitalismo clásico, queriendo o no queriendo, al menos tenía que negociar con el trabajo; estaba obligado a discutir con la clase obrera. Este nuevo capitalismo, esta dictadura macrocapitalista gana muchísimo más dinero prescindiendo de forma absoluta del capital humano. No le hace falta, de ahí el drama del desempleo. Por eso hay que reconocerlo: ha triunfado la muerte, la exclusión, el dinero, el capital llevado a su plena e inimaginada expansión.

Pero el reconocimiento de esta victoria no significa que tengamos que sentirnos  derrotados. Mientras aún exista una rosa que cortar, un camino que recorrer, un cuerpo que abrazar o un paisaje que contemplar no existirá la derrota.  Jamás. Aunque la codicia sienta que al menos  esta vez  ha ganado.

Ausencias

A veces creo que vivir es, en cierto modo, aprender a pactar con las ausencias tanto como con las presencias. Con los que se han ido y con los que están. E incluso con los que se les espera. Las ausencias forman parte de la lógica de la vida porque con ellas convivimos, tarde o temprano. Es inevitable.

XCIV

SI MUERO sobrevíveme con tanta fuerza pura
que despiertes la furia del pálido y del frío,
de sur a sur levanta tus ojos indelebles,
de sol a sol que suene tu boca de guitarra.

No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
no quiero que se muera mi herencia de alegría,
no llames a mi pecho, estoy ausente.
Vive en mi ausencia como en una casa.

Es una casa tan grande la ausencia
que pasarás en ella a través de los muros
y colgarás los cuadros en el aire.

Es una casa tan transparente la ausencia
que yo sin vida te veré vivir
y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.

Cien sonetos de amor. Neruda

Hermosa pedagogía de un viaje doloroso a los confines de la ausencia, a ese lazo tan misterioso y maravilloso que nos une a otro seres. La literatura además de belleza aporta sentido. Fragmentos de vida y de ausencia.

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