La confesión

Es la segunda vez que me lo dice. Y yo, le creo. Le creo por dónde lo dice, en un bar, y cómo, con gesto dramático sin soltar su cerveza. Lloré con tu libro, Javier. Con la muerte de Inés, me confiesa.

Yo, he llorado muchas veces en el cine. O en casa. Siempre por una película. Pero nunca leyendo una novela. Nunca.

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El Río

Quizás, él encontraba en el mar lo que yo busco en los libros y los árboles.

Qué extraño es descubrir el paisaje a través de la mirada de quien ya no está.

El leñador

Llegó hasta el pino con su hacha al hombro. Luego caminó lentamente a su alrededor buscando ramas secas, grietas, corteza suelta. Se detuvo, calculó la altura del ejemplar y decidió el lugar hacia el que caería. Limpió el entorno con los pies y con el hacha golpeó el árbol con intencionada sutileza. En ángulo. Hacia abajo. Por los chasquidos supo que la madera estaba viva. Y sonrió con satisfacción. Hizo lo mismo en todo el contorno del árbol. Y a diferentes alturas. Cuando vio que ya era suficiente, se secó la boca con el antebrazo y fijó con la mirada dónde tallar la primera cuña. Sigue leyendo “El leñador”

Recuerdos de arena

Gracias a él recupero estos días la fascinación que de niño me provocaban los lugares encantados, como los bosques. O como el mar. Hoy, mientras él jugaba en la orilla de la playa a enterrar y desenterrar una piedra en la arena, yo lo observaba y recordaba aquella vieja historia, probablemente más mito que realidad, que me contó entonces mi madre. Andaba San Agustín paseando por la playa, tratando de comprender el misterio de la Santísima Trinidad cuando vio a un niño que, con una pequeña concha, sacaba el agua del mar y la echaba en un pocito en la arena. ¿Qué haces, niño?, le preguntó. Estoy sacando toda el agua del mar para vaciarlo y meterlo en este pocito, le dijo el niño. Pero, ¿no te das cuenta de que eso es imposible?, replicó san Agustín. Agustín, le dijo el niño, es mucho más fácil que yo logre hacer esto a que tú llegues a comprender alguna vez el misterio de la Santísima Trinidad.

Sigue leyendo “Recuerdos de arena”

El desencuentro

Julia tiene razón. Últimamente parecemos dos bloques enfrentados. No nos ponemos de acuerdo en nada. El último episodio de nuestra innegable crisis ha sido la actitud tan diferente que hemos tenido con Eva, la amiga imaginaria de Nuria, nuestra hija. A pesar de que el psicopedagogo tratara de tranquilizarnos asegurándonos que a su edad es normal, o que incluso es hasta una revelación positiva ya que los niños con amigos imaginarios suelen ser más creativos, con más empatía y mejores habilidades lingüísticas, Julia sigue preocupada. Sigue leyendo “El desencuentro”

La carta

Querido amigo:

Qué raros somos los humanos. Lo digo por esa sorprendente capacidad que tenemos de cosificar a las personas y de personificar, en cambio, a las cosas. Tú, sin ir más lejos, eres un piano. Un complejo instrumento musical. Un teclado, como único paisaje visible, y unas  cuerdas ocultas dentro de una caja de resonancia. No eres más. Y sin embargo, aquí estoy yo, escribiéndote una carta (como si pudieras leerla), dirigiéndote unas palabras. Diciéndote definitivamente adiós. Sigue leyendo “La carta”

El regreso

Solo él llamaba así a la puerta. Por eso no tardó dos segundos en saltar de la mecedora y encaminarse a la entrada con una extraña sensación de esperanza. A cada paso que daba,su corazón más se aceleraba. Cuando abrió, se encontró frente a ella  a un remedo de su Luis: más flaco, con barba poblada y descuidada, vestido con un uniforme sucio y holgado y el brazo izquierdo en cabestrillo con el antebrazo cruzado sobre el vientre. Por su mirada, por la hondura de sus ojos, por el fulgor profundo que percibió en ellos, lo reconoció. Y le dio igual que estuviera vivo o muerto.  Era él y allí estaba. Sin pensarlo dos veces, se abalanzó hacia él, lo abrazó con todas sus fuerzas y lloró desconsoladamente sobre su hombro sano. Él se limitó a acariciarle el cuello con su mano derecha, de forma lenta e insistente, como a ella tanto le gustaba. Sigue leyendo “El regreso”

Espacio, tiempo y silencio

Nadie me ha mostrado esta ciudad como él. Y ninguna otra, también. Aquí y en otras islas. Incluso en la península. A través de la observación me mostraba la realidad. Y la realidad, es la puerta de los sueños, aseguraba. Por el día, la ciudad no es de nadie. Es tan solo un continuo trasiego de personas que vienen y van. Pero de madrugada, todo cambia. Entonces la ciudad te pertenece a ti. Solo a ti, decía. Así me aficioné a caminar por los espacios habitados mientras todos dormían. Y así descubrí que esta ciudad, mi ciudad, es espacio, tiempo y silencio. Sigue leyendo “Espacio, tiempo y silencio”

La ventana

Me detuve por la música. No sabía de dónde procedía, así que miré al derredor buscando el origen de aquellos misteriosos acordes. Hasta que mis ojos se fijaron en la ventana entreabierta. La melodía procedía de allí. Quien tocaba el piano estaba tras esas paredes y permitía que la música escapara de la estancia por el hueco abierto de la ventana. No sé cuánto tiempo permanecí allí, en medio de la calle, hipnotizado, atraído por esa interpretación tan prodigiosa y espontánea. Obnubilado, miraba a la ventana hasta que descubrí los primeros rayos de sol extender su resplandor por encima de la casa. Me pregunté quién más en el mundo disfrutaría de este amanecer tan maravilloso. El zumbido insistente del móvil cortó mi embeleso.  Al otro lado de la línea, el compañero con el que compartía coche cada mañana para ir al trabajo me preguntaba por mi retraso inesperado. Cuando colgué, flotaba en el aire un silencio desesperante. El piano se había callado. Sigue leyendo “La ventana”

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