Extimidad

Descubro hoy en un artículo excelente una palabra que no había leído ni oído jamás: extimidad, que viene a ser algo así como la intimidad exterior.
Parece ser que el auge de las redes sociales no sólo modifica conductas sino que también crea nuevas palabras.
Me pregunto, a raíz de la lectura del artículo si lo que realmente mueve el mundo es la búsqueda de la felicidad o saciar ese hambre voraz que siempre tiene la vanidad.

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Primeros días de septiembre

Siempre será mi mes preferido. Por su luz, por la costumbre atávica de las mareas de rebelarse y calmarse, como si de una diástole y sístole se tratara.  Son los mejores días del año para acercarse y disfrutar del mar. El anticiclón está más lejos que nunca. No nos llegan sus vientos húmedos y eso se traduce en días azules y luminosos.

Y creo que uno de los mejores sitios donde disfrutar de la entrada del mes es el pequeño pueblo de Las Playitas. Fuerteventura aún ofrece playas de arena y pueblos de pescadores sin el agobio del turismo de masas. Se me recuerda mucho al Cabo de Gata. La playa de los Muertos. Barrancos, ramblas y en las desembocaduras playas desiertas sin apenas construcciones. El litoral según fue.  Nuestras primeras vacaciones con Bruno.

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Uno de los mejores trayectos para disfrutar de una visión amplia del mar y del litoral (en este caso, uno de los más contundentes ejemplos de degradación ambiental) es la carretera del norte de Gran Canaria, la GC-2. Al margen de las viviendas que crecen en plena playa, al discurrir bastante recorrido cerca del mar pero a varias decenas de metros sobre él, convierte esta ruta en un mirador dinámico y bastante interesante. Hoy, el mar adentro parecía una meseta, por su extrema planicie. La costa, en cambio sufría los embates de un oleaje inusual, tanto por la altura de las olas como por la frecuencia de las mismas. El resultado visual era la elevación sobre el litoral de un spray marino que visto desde lejos, simulaba ser una especie de neblina que envolvía los acantilados y poblados costeros.

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La mirada (remastered)

Nadie supo jamás de su existencia, aunque lo cierto es que llegó exhausto a aquella región cubierta de bosques y arroyos de geometría inimaginable. Todo sucedió justo después de la Primera Guerra en el Cielo. Ciertamente era un tipo extraño, pero no por sus alas, sino por su espíritu contemplativo y sus débiles ademanes de príncipe perezoso.

Durante muchos milenios mantuvo el hábito callado de subirse a la cima de las montañas simplemente por disfrutar de la alta soledad que allí anidaba. Su tiempo era enorme, casi inconmensurable, y se medía no por meses o años sino por los sucesos que alteraban gravemente el orden regular de las cosas. Sigue leyendo “La mirada (remastered)”

El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón (Fragmento)

Siete años después del entierro, era la primera vez que visitaba el cementerio, y volvían a mí sensaciones que creía olvidadas: un olor como a flores rancias y tierra mojada, un escalofrío recorriéndome la espalda, un rastro de sequedad en la garganta….Todo eso, que había sentido el día del entierro, volvía a sentirlo entonces, mientras me acercaba al muro en el que estaban los nichos de mis padres. Me detuve y leí en voz baja sus nombres completos y sus fechas de nacimiento y defunción. Luego sacudí con el pañuelo el polvo de los nichos y lamenté no haber comprado unas tristes flores para adornarlos. Y me hice a mí mismo una promesa. Me prometí ser la persona que habría debido ser, o al menos intentarlo.

Frutos del verano

Si íbamos el día de Santiago aún era pronto. Si lo hacíamos el primero de agosto ya era  tarde. El ritual era siempre el mismo: adentrarnos con sigilo por la senda que iba junto al muro de piedra hasta que el viejo moral salía a nuestro encuentro. Que hubiese más o menos moras en el árbol solo dependía del invierno. Aquel pequeño barranco, donde la llanura se arrugaba incomprensiblemente, ya no interesaba a nadie. Y el moral, menos aún. Si las lluvias eran abundantes, las moras también. En cambio, si la estación había sido seca, su número se reducía pero no su sabor. Cuanto menos lluvioso sea el invierno, decía revelándome los secretos del secano, más sabrosos serán luego los frutos. La liturgia era sencilla. Yo me encaramaba a las ramas que su experiencia señalaba con decisión. Así, año tras año llenábamos primero las bolsas y después nuestros estómagos. Y verano tras verano rememoraba puntualmente, junto al árbol prodigioso, aquellas portentosas moras que su padre recogía de las moreras que crecían entonces en la falda de la montaña. Eran así de grandes, juraba mientras me mostraba ufano el dedo gordo de su mano. Luego regresábamos por el mismo sendero, cruzando el mismo silencio por el que nos adentramos. Él, anclado en su pasado repleto de fincas inimaginables. Yo, deseando que mi futuro lo poblaran esos árboles extraordinarios.

Fragmentos

“Creo que mi vida ha empezado a mostrárseme. Creo que ya sé decírmelo, tengo vagamente ganas de morir. Ya no vuelvo a separar esa palabra de mi vida. Creo que tengo, vagamente, ganas de estar sola e incluso me doy cuenta de que ya no estoy sola desde que dejé la infancia, la familia del Cazador. Escribiré libros. Eso es lo que vislumbro más allá del instante, en el gran desierto bajo cuyos trazos se me aparece la amplitud de mi vida.”

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La tarde

Mientras veo desde mi azotea cómo muere lentamente la tarde, me viene a la memoria un verso de Pere Casaldàliga, poeta y antiguo obispo (sin mitra) de São Félix do Araguaia – donde vive en plena selva en un chabola entre pobres e indígenas y donde sueña morir como los árboles, de pie- que siempre me conmueve por su sencillez y hondura:
no poseer nada,
no pedir nada,
no callar nada.

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La derrota

Han ganado. El poder económico que gobierna el mundo desde el otro lado del espejo nos ha vencido. Primero han conseguido que perdamos combatividad, luego han logrado el más difícil todavía: que el capital prescinda del trabajador. El capitalismo clásico, queriendo o no queriendo, al menos tenía que negociar con el trabajo; estaba obligado a discutir con la clase obrera. Este nuevo capitalismo, esta dictadura macrocapitalista gana muchísimo más dinero prescindiendo de forma absoluta del capital humano. No le hace falta, de ahí el drama del desempleo. Por eso hay que reconocerlo: ha triunfado la muerte, la exclusión, el dinero, el capital llevado a su plena e inimaginada expansión.

Pero el reconocimiento de esta victoria no significa que tengamos que sentirnos  derrotados. Mientras aún exista una rosa que cortar, un camino que recorrer, un cuerpo que abrazar o un paisaje que contemplar no existirá la derrota.  Jamás. Aunque la codicia sienta que al menos  esta vez  ha ganado.

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